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Vida Despues de la Vida

Vida Despues de la Vida

De la Sagrada Comunión

 

Tomad y comed; éste es mi Cuerpo. 
Mt., 26, 26.

PUNTO 1
Ahora pensemos en la grandeza de este Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el amor inmenso que Jesucristo nos manifestó con un regalo tan precioso, y su vivo deseo de que lo recibamos sacramentado.

Veamos, en primer lugar, la gran merced que nos hizo el Señor al darse a nosotros como alimento en la santa Comunión. Dice San Agustín que con ser Jesucristo Dios omnipotente, nada mejor pudo darnos, pues ¿qué mayor tesoro puede recibir o desear un alma que el sacrosanto Cuerpo de Cristo? Exclamaba el profeta Isaías (12, 4): Publica las amorosas invenciones de Dios.
Y, en verdad, si nuestro Redentor no nos hubiera favorecido con un regalo tan inmenso, ¿quién hubiera podido pedírsela? ¿Quién se hubiera atrevido a decirle: «Señor, si deseas demostrar tu amor, ocultate bajo un trozo de pan y permite que te recibamos por alimento?...» El pensarlo no más se hubiera considerado como locura. «¿No parece locura el decir: come mi carne, bebe mi sangre?», exclamaba San Agustín.

Cuando Jesucristo anunció a los discípulos este don del Santísimo Sacramento que pensaba dejarles, no podían creerle, y se apartaron del Señor, diciendo (Jn., 6, 61): «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?... Dura es esta doctrina; ¿y quién lo puede oír?» Pero lo que al hombre no le es dado ni imaginar, lo pensó y lo realizó el gran amor de Cristo.

San Bemardino dice que el Señor nos dejó este Sacramento en memoria del amor que nos manifestó en su Pasión, según lo que Él mismo nos dijo (Lc., 22, 19): «Hagan esto en memoria mía.» No satisfizo Cristo su divino amor—añade aquel Santo—con sacrificar la vida por nosotros, sino que ese mismo soberano amor le obligó a que antes de morir nos hiciera el don más grande de todos los que nos hizo, dándose Él mismo para alimento nuestro.
Así, en este Sacramento llevó a cabo el más generoso esfuerzo de amor, pues como dice con elocuentes palabras el Concilio de Trento, Jesucristo en la Eucaristía prodigó todas las riquezas de su amor a los hombres.

¿No se estimaría por muy amorosa fineza—dice San Francisco de Sales—el que un rico príncipe regalara a un pobre algún exquisito alimento de su mesa? ¿Y si le enviara toda su comida? ¿Y, finalmente, si el obsequio consistiera en un trozo de la propia carne del rico príncipe, para que sirviera al pobre de alimento?... Pues Jesús en la sagrada Comunión nos alimenta, no solo con una parte de su comida ni un trozo de su Cuerpo, sino con todo Él: «Tomen y coman; éste es mi Cuerpo» (Mt., 26, 26); y con su Cuerpo nos da su Sangre, alma y divinidad.

De manera que—como dice San Juan Crisóstomo—, dándose Jesucristo mismo en la Comunión, nos da todo lo que tiene y nada se guarda para Sí; o bien, según expresa Santo Tomás: «Dios en la Eucaristía se entrega todo Él, cuanto es y cuanto tiene.» Mira, pues, cómo ese Altísimo Señor, que no cabe en el mundo—exclama San Buenaventura—, se hace en la Eucaristía nuestro prisionero... Y dándose a nosotros real y verdaderamente en el Sacramento, ¿cómo podremos temer que nos niegue las gracias que le pidamos? (Ro., 8, 32).

ORACIÓN

¡Oh Jesús mío! ¿Qué te pudo mover a darte Tú mismo a nosotros para alimento nuestro? ¿Y qué más puedes concedernos después de este don para obligarnos a amarte? ¡Ah, Señor! Ilumíname y descúbreme ese exceso de amor, por el cual te haces manjar divino a fin de unirte a estos pobres pecadores... Pero si te das todo a nosotros, justo es que nos entreguemos a Ti por entero...

¡Oh, Redentor mío! ¿Cómo he podido ofenderte a Ti, que tanto me amas y que nada omitiste para conquistar mi amor? ¡Por mí te hiciste hombre; por mí has muerto; por amor a mí te has hecho alimento mío!... ¿Qué te queda por hacer? Te amo, Bondad infinita; te amo, infinito amor. Ven, Señor, con frecuencia a mi alma e inflámala en tu amor santísimo, y haz que de todo me olvide y sólo piense en Ti y sólo a Ti ame...

¡María, Madre nuestra, ora por mí y hazme digno por tu intercesión de recibir a menudo a tu Hijo Sacramentado!



PUNTO 2Vida Despues De La Vida
Consideremos en segundo lugar el gran amor que nos mostró Jesucristo al otorgarnos este altísimo don...

El Santísimo Sacramento es fruto solamente del amor. Fue necesario para salvarnos, según el decreto de Dios, que el Redentor muriese.
Pero ¿qué necesidad vemos en que Jesucristo, después de su muerte, permanezca con nosotros para ser alimento de nuestras almas?... Así lo quiso su amor.

Nada más que para manifestarnos el inmenso amor que nos tiene instituyó el Señor la Eucaristía, dice San Lorenzo Justiniano, expresando lo mismo que San Juan escribió en su Evangelio (Jn., 13, 1): «Sabiendo Jesús que era llegada su hora del tránsito de este mundo al Padre, como hubo amado a los suyos que vivían en este mundo, los amó hasta el fin.»

Es decir, cuando el Señor vio que llegaba el tiempo de apartarse de este mundo, quiso dejarnos una maravillosa muestra de su amor, dándonos este Santísimo Sacramento. Estas palabras: «los amó hasta el fin» no significan otra cosa, o sea, «los amó extremadamente, con sumo e ilimitado amor», según lo explican Teofilacto y San Juan Crisóstomo.

Y notemos, como observa el Apóstol (1 Co., 11, 23-24), que el momento preciso escogido por el Señor para hacernos este inestimable beneficio fue el de su muerte. En aquella noche en que fue entregado, tomó el pan, y dando gracias, lo partió y dijo: «Tomen y coman; éste es mi Cuerpo.»

Cuando los hombres le preparaban azotes, espinas y la cruz para darle muerte, la más cruel de las muertes posibles, en ese preciso momento quiso nuestro amante Jesús regalarles la más preciosa muestra de amor.

¿Y por qué en aquella hora tan próxima a la de su muerte, y no antes, instituyó este Sacramento? Lo hizo así, dice San Bernardino, porque las pruebas de amor dadas en el trance de la muerte por quien nos ama, más fácilmente duran en la memoria y las conservamos con más vivo afecto.

Jesucristo, dice el Santo, se había dado a nosotros de varias maneras; como Maestro, Padre y compañero; como luz, ejemplo y víctima. Solo le faltaba el último grado de amor, que era darse como alimento nuestro, para unirse por entero a nosotros, como se une e incorpora el alimento con quien lo recibe, y esto lo llevó a cabo entregándose a nosotros en el Sacramento.

De manera que no se satisfizo nuestro Redentor con haberse unido solamente a nuestra naturaleza humana, sino que además quiso, por medio de este Sacramento, unirse también a cada uno de nosotros íntimamente.
«Es imposible—dice San Francisco de Sales—considerar a nuestro Salvador en acción más amorosa ni más tierna que ésta, en la cual, por decirlo así, se anonada y se hace alimento para penetrar en nuestras almas y unirse íntimamente con los corazones y cuerpos de sus fieles.»

Así dice San Juan Crisóstomo a ese mismo Señor a quien ni los ángeles se atreven a mirar: «Nos unimos nosotros y nos convertimos con Él en un solo cuerpo y una sola carne.» ¿Qué pastor—añade el Santo—alimenta con su propia sangre a las ovejas? Incluso las madres, a veces, procuran que a sus hijos los alimenten las nodrizas. Pero Jesús en el Sacramento nos mantiene con su mismo Cuerpo y Sangre, y a nosotros se une.

¿Y con qué fin se hace alimento nuestro? Porque nos ama con un amor ardiente, y desea ser con nosotros una misma cosa por medio de esa maravillosa unión.
Hace, pues, Jesucristo en la Eucaristía el mayor de todos los milagros. «Dejó memoria de sus maravillas, dio sustento a los que le temen» (Sal. 110, 4), para satisfacer su deseo de permanecer con nosotros y unir con los nuestros su Sacratísimo Corazón.

«¡Oh admirable milagro de tu amor—exclama San Lorenzo Justiniano—, Señor mío Jesucristo, que quisiste de tal modo unirnos a tu Cuerpo, que tuviéramos un solo corazón y una sola alma inseparablemente unidos contigo!»

El Santo. P. De la Colombiére, gran siervo de Dios, decía: «Si algo pudiera conmover mi fe en el misterio de la Eucaristía, nunca dudaría del poder, sino más bien del amor, manifestados por Dios en este soberano Sacramento. ¿Cómo el pan se convierte en Cuerpo de Cristo? ¿Cómo el Señor se halla en varios lugares a la vez? Respondo que Dios todo lo puede. Pero si me preguntan cómo Dios ama tanto a los hombres que se les da en la forma de alimento, no sé qué responder, digo que no lo entiendo, que ese amor de Jesús es para nosotros incomprensible».

Dirá alguno: Señor, ese exceso de amor por el cual te haces alimento nuestro, no conviene a tu Majestad divina... Pero San Bernardo nos dice que por el amor se olvida el amante de la propia dignidad. Y San Juan Crisóstomo añade que el amor no busca razón de conveniencia cuando trata de manifestarse al ser amado; no va a donde es conveniente, sino a donde le guían sus deseos.

Muy acertadamente llamaba Santo Tomás "Sacramento de amor" a la Eucaristía. Y San Bernardo, "amor de los amores". Y con verdad Santa María Magdalena de Pazzi denominaba el día del Jueves Santo, en que el Sacramento fue instituido, el día del Amor.

ORACIÓN

¡Oh amor infinito de Jesús, digno de infinito amor! ¿Cuándo, Señor, te amaré como Tú me amas? .. Nada más pudiste hacer para que yo te amara, y yo me atreví a dejarte a Ti, sumo e infinito Bien, para entregarme a bienes dañinos y miserables...

Alumbra, ¡oh Dios mío!, mis ignorancias; muéstrame siempre más y más la grandeza de tu bondad, para que me enamore de Ti, amor mío y mi todo. A Ti, Señor, deseo unirme a menudo en este Sacramento, a fin de apartarme de todas las cosas, y a Ti sólo consagrar mi vida... Ayúdame, Redentor mío, por los merecimientos de tu Pasión.

Socórreme también, ¡oh Madre de Jesús y Madre mía! Ruégale que me inflame en su santo amor.



PUNTO 3
Por último analicemos el gran deseo que tiene Jesucristo de que lo recibamos en la santa Comunión... Sabiendo Jesús que había llegado su hora...(Jn., 13, 1); pero, ¿por qué Jesucristo llamaba su hora a aquella noche en que íba a comenzar su dolorosa Pasión?... La llamó así porque en aquella noche iba a dejarnos este divino Sacramento, con el fin de unirse al mismo Jesús con las almas amadas de sus fieles.

Ese elevado designio le movió a decir entonces (Lc., 22, 15): «Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con ustedes»; palabras con que denota el Redentor el vehemente deseo que tenía de esa unión con nosotros en la Eucaristía... Ardientemente he deseado.. Así le hace hablar el amor inmenso que nos tiene, dice San Lorenzo Justiniano.
Quiso quedarse bajo la forma de pan, a fin de que cualquiera pueda recibirlo; porque si hubiera elegido para este portento algún alimento exquisito y costoso, los pobres no hubieran podido recibirlo a menudo. Otra clase de alimento no se hallaría en todas partes. De manera que el Señor prefirió quedarse bajo la forma de pan, porque el pan fácilmente se halla en cualquier parte y todos los hombres pueden obtenerlo.

El vivo deseo que el Redentor tiene de que con frecuencia lo recibamos sacramentado le movía no sólo a exhortarnos muchas veces o invitarnos a que lo recibiéramos: «Vengan, coman mi Pan, y beban mi Vino que les he mezclado. Coman, amigos, y beban; embriaguense, los muy amados» (Pr., 9, 5; Cant., 5, 1); sino que más que una invitación vino a imponerlo como precepto: «Tomen y coman; éste es mi Cuerpo» (Mt. 26, 26).

Y a fin de que acudamos a recibirlo, nos estimula con la promesa de la vida eterna. «Quien come mi Carne, tiene vida eterna. Quien come este Pan, vivirá eternamente» (Jn., 6, 55, 56). Y de no obedecerle, nos amenaza con excluirnos de la gloria: «Si no comes la Carne del Hijo del Hombre no tendrás vida eterna» (Jn., 6, 54).

Tales invitaciones, promesas y amenazas nacen del deseo de Cristo de unirse a nosotros en la Eucaristía; y ese deseo procede del amor que Jesús nos tiene, porque —como dice San Francisco de Sales—el fin del amor no es otro que el de unirse a la persona amada, puesto que en este Sacramento Jesús mismo se une a nuestras almas (el que come mi Carne y bebe mi Sangre, en Mí mora y Yo en él) (Jn., 6, 57); por eso desea tanto que lo recibamos. «El amoroso ímpetu con que la abeja acude a las flores para extraer la miel—dijo el Señor a Santa Matilde—no puede compararse al amor con el que Yo me uno a las almas que me aman.»
¡Oh, si los fieles comprendieran el gran bien que trae a las almas la santa Comunión!... Cristo es el dueño de toda riqueza, y el Eterno Padre lo hizo Señor de todas las cosas (Jn., 13, 3).

De manera que, cuando Jesús penetra en el alma por la sagrada Eucaristía, lleva consigo un tesoro riquísimo de gracias.«Vinieron a mí todos los bienes juntamente con ella», dice Salomón (Sb., 7, 11) hablando de la eterna Sabiduría.

Dice San Dionisio que el Santísimo Sacramento tiene mucha virtud para santificar las almas. Y San Vicente Ferrer dejó escrito que más aprovecha a los fieles una Comunión que ayunar a pan y agua una semana entera.
La Comunión, como enseña el Concilio de Trento, es el gran remedio que nos libra de las culpas veniales y nos preserva de las mortales; por lo cual, San Ignacio, mártir, llama a la Eucaristía «medicina de la inmortalidad». Inocencio III dice que Jesucristo con su Pasión y muerte nos libró de las penas del pecado, y con la Eucaristía nos libra del pecado mismo.

Este Sacramento nos inflama en el amor de Dios, «Me introdujo en la cámara del vino; ordenó en mí la caridad. Sostenme con flores, cercame de manzanas, porque desfallezco de amor» (Cant., 2, 4-5). San Gregorio Niseno dice que esa cámara del vino es la santa Comunión, en la cual de tal modo se embriaga el alma en el amor divino, que olvida las cosas de la tierra y todo lo creado; desfallece, en fin, de caridad vivísima.

También el Venerable Padre Francisco de Olimpio, teatino, decía que nada nos inflama tanto en el amor de Dios como la sagrada Eucaristía. Dios es caridad; es fuego consumidor (1 Jn., 4, 8; Dt., 4, 24). Y el Verbo Eterno vino a encender en la tierra ese fuego de amor (Lucas, 12, 49).

Y, en verdad, ¡muy ardientes son las llamas de amor divino queJesucristo enciende en el alma de quien con vivo deseo lo recibe Sacramentado!

Santa Catalina de Sena vio un día a Jesús Sacramentado en manos de un sacerdote, y la vió la Sagrada Forma aparecer como una brillantísima hoguera de amor, quedando la Santa maravillada de cómo los corazones de los hombres no estaban del todo abrasados y reducidos a cenizas por incendio tan inmenso.
Santa Rosa de Lima aseguraba que, al comulgar, le parecía que recibía al sol. El rostro de la Santa resplandecía con tan clara luz, que deslumbraba a los que la veían, y su boca exhalaba un calor tan fuerte, que la persona que daba de beber a Santa Rosa después de la Comunión sentía que la mano se le quemaba como cuando se acerca la mano a un horno.

El rey San Wenceslao solamente con ir a visitar al Santísimo Sacramento se inflamaba exteriormente de tan intenso ardor, que a un criado suyo, que le acompañaba, caminando una noche por la nieve detrás del rey, le bastó poner los pies en las huellas del Santo para no sentir frío alguno.
San Juan Crisóstomo decía que, siendo el Santísimo Sacramento fuego abrasador, debiéramos, al retirarnos del altar, sentir llamas de amor. Tan fuertes son estas llamas que el mismo demonio no se atrevería a tentarnos.

Dirás, quizá, que no te atreves a comulgar con frecuencia porque no sientes en ti ese fuego del divino amor. Pero esa excusa, como observa Gerson, sería lo mismo que decir que no quieres acercarte a las llamas porque tienes frío. Mientras mayor tibieza sintamos, tanto más a menudo debemos recibir el Santísimo Sacramento, con tal que tengamos deseos de amar a Dios.
«Si acaso te preguntan los mundanos—escribe San Francisco de Sales en su Introducción a la vida devota—por qué comulgas tan a menudo..., diles que dos clases de gente deben comulgar con frecuencia: los perfectos, porque, como están bien dispuestos, quedarían muy perjudicados en no llegar al manantial y fuente de la perfección, y los imperfectos, para al menos tener derecho de soñar y aspirar a llegar a ser perfectos...»

Y San Buenaventura dice análogamente: «Aunque seas tibio, acércate, sin embargo, a la Eucaristía, confiando en la misericordia de Dios. Mientras más enfermos estamos, más necesitamos del médico». Y, finalmente, el mismo Cristo dijo a Santa Matilde: «Cuando vayas a comulgar, desea sentir todo el amor que me haya tenido el más fervoroso corazón, y Yo acogeré tu deseo, como si sintieras ese amor al que aspiras.»


ORACIÓN

i Oh amantísimo Señor de las almas! Jesús mío, no puedes ya darnos prueba mayor para demostrarnos el amor que nos tienes. ¿Qué más pudieras inventar para que te amemos?...

Haz, ¡oh Bondad infinita!, que yo te ame desde hoy viva y tiernamente. ¿A quién debe amar mi corazón con más profundo afecto que a Ti, Redentor mío, que después de haber dado la vida por mí te das a mí Tú mismo en este Sacramento?... ¡Ah Señor! ¡Ojalá recuerde yo siempre tu inmenso amor y me olvide de todo y te ame sin interrupciones y sin reserva!...

Te amo, Dios mío, sobre todas las cosas, y a Ti sólo deseo amar. Desata mi corazón de todo afecto que para Ti no sea... Gracias te doy por haberme concedido tiempo de amarte y de llorar las ofensas que te hice. Deseo, Jesús mío, que seas el único objeto de mi amor. Socórreme y sálvame, y sea mi salvación el amarte con toda mi alma en ésta vida y en la vida futura...

María, Madre nuestra, ayúdame a amar a Cristo y ruega por mí.

 

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