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Vida Despues de la Vida

Vida Despues de la Vida

Del amor de Dios

 

Pues amemos nosotros a Dios, porque Dios nos amó primero.
1 Jn., 4, 19.

PUNTO 1
Date cuenta, primero, que Dios merece tu amor, porque Él te amó antes que tú le amaras, y es el primero de todos los que te han amado (Jer., 31, 3). Los que primero te amaron en este mundo fueron tus padres, pero no sintieron ni pudieron tenerte amor sino hasta después de haberte conocido, o al menos haber sabido de tu existencia en el útero materno.

Pero antes que tuvieras el ser, desde el principio de los tiempos, ya Dios te amaba. No habían nacido ni tu padre ni tu madre, y Dios te amaba. ¿Y cuánto tiempo antes de crear el mundo comenzó Dios a amarte?... ¿Quizá mil años, mil siglos antes?... No contemos años ni siglos. Dios te amó desde la eternidad (Jeremías, 31, 3).
En resumen: desde que Dios fue Dios, te ha amado siempre; desde que se amó a Sí mismo, te amó también a ti. Con razón decía la virgen Santa Inés: «Otro amante me cautivó primero.» Cuando el mundo y las criaturas le pedían de su amor, ella respondía: No, no puedo amarte. Mi Dios es el primero que me amó, y es justo que sólo a Él consagre mi amor.

De manera, hermano mío, que tu Dios te ha amado eternamente; y sólo por amor te escogió entre tantos hombres como podía crear, y te dio el ser y te puso en el mundo, y además formó innumerables y hermosas criaturas que te rodean y te recuerdan ese amor que Él te profesa y el amor que tú le debes. «El Cielo, la tierra y todas las criaturas—decía San Agustín—me invitan a que te ame.» Cuando el Santo contemplaba el sol, la luna, las estrellas, los montes y ríos, le parecía que todo le hablaba diciéndole: Ama a Dios, que nos creó para que tu fin sea que le ames.

El Padre Rancé, fundador de los Trapenses, cada vez que veía los campos, fuentes y mares recordaba por medio de esas cosas creadas el amor que Dios le tenía. También Santa Teresa dice que al ver las criaturas le hacian sentir su propia ingratitud hacia Dios.

Y Santa Magdalena María de Pazzi, no bien contemplaba la hermosura de alguna flor o fruto, sentía el corazón traspasado con las flechas del amor de Dios, y exclamaba: «¡Desde la eternidad ha pensado el Señor en crear estas flores a fin de que yo le ame!»

Date cuenta, además, con qué singular amor hizo Dios que nacieras en un pueblo cristiano y que formaras parte de la Santa Iglesia. ¡Cuánta gente nace entre idólatras, herejes, o religiones que no creen en Jesús Salvador del Mundo Hijo del Dios Vivo, y por ello se pierden!... Pocos son los hombres que tienen la dicha de nacer donde reina la verdadera fe, y el Señor te puso entre ellos.

¡Oh, cuan alto don el de la fe! ¡Cuántos millones de almas no disfrutan de los sacramentos, ni de sermones, ni de los ejemplos de hombres santos, ni de los demás medios de salvación que la Iglesia nos proporciona!

Y Dios quiso concederte todos esos grandes auxilios sin mérito alguno por tu parte; más bien el vió de antemano tus deméritos. Al pensar en crearte y darte esas gracias, ya preveía las ofensas que habías de hacerle.

ORACIÓN

¡Oh soberano Señor de Cielos y tierra! Bien infinito e infinita Majestad, ¿cómo pueden los hombres menospreciarte a Ti, que tanto los has amado?... Pero entre ellos, Señor, a mí especialmente, me amaste, favoreciéndome con gracias especiales, que no has concedido a todos, y yo más todavía te he despreciado.

A tus pies me arrodillo, ¡oh Jesús, Salvador mío! «No me arrojes de tu presencia» (Sal. 50, 13), aunque si bien lo merezco por mis ingratitudes; pero Tú dijiste que no sabes desechar al corazón contrito que vuelve a Ti (Jn., 6, 37).

Jesús mío, me pesa el haberte ofendido; y si en la vida pasada no te conocí, ahora te reconozco por mi Señor y Redentor, que murió por salvarme y para que le ame... ¿Cuándo, Jesús mío, acabará mi ingratitud? ¿Cuándo empezaré a amarte de veras?...
Hoy, Señor, resuelvo amarte con todo mi corazón, y no amar a nadie más que a Ti. ¡Oh Bondad infinita!, te adoro por todos los que no te aman; y en Ti creo, en Ti espero, te amo y me ofrezco enteramente a Ti. Ayúdame con tu gracia... Y si me favoreciste cuando no te amaba ni deseaba amarte, ¿cuánto más no voy a esperar tu misericordia ahora que te amo y deseo amarte?

Dame, Señor mío, tu amor..., amor fervoroso que me haga olvidar todas las criaturas; amor fuerte, con el cual supere cuantos obstáculos se opongan a que te complazca; amor perpetuo, que no pueda terminar.

Todo lo espero de tus merecimientos, ¡oh Jesús mío!, y de tu intercesión poderosa, ¡oh María, Madre y Señora nuestra!



PUNTO 2Vida Despues De La Vida
Y no solamente nos dio el Señor tantas hermosas criaturas, sino que no vio satisfecho su amor hasta que se nos dio y entregó Él mismo (Ga., 2, 20). El maldito pecado nos había hecho perder la gracia divina y la gloria, haciéndonos esclavos del infierno. Pero el Hijo de Dios, con asombro del Cielo y de la tierra, quiso venir a este mundo y hacerse hombre para redimirnos de la muerte eterna y conquistarnos la gracia y la gloria perdida.

Maravilla sería que un poderoso monarca quisiera convertirse en gusano por amor a sus míseros súbditos. Pues infinitamente más debe maravillarnos al ver a Dios hecho hombre por amor a los hombres. «Se humilló a Sí mismo tomando forma de siervo..., y reducido a la condición de hombre...» (Fil., 2, 7). ¡Dios en carne mortal! Y el Verbo se hizo carne... (Jn., 1, 14). Pero el asombro y pasmo se aumentan al considerar lo que después hizo y padeció por amor a nosotros el Hijo de Dios.

Bastaba para redimirnos una sola gota de su preciosísima Sangre, una lágrima suya, una sola oración, porque esta oración de persona divina tenía infinito valor y era suficiente para rescatar el mundo, y hasta otros mundos si los hay. Pero, dice San Juan Crisóstomo, lo que bastaba para redimirnos no era bastante para satisfacer el amor inmenso que Dios nos tenía. No quiso únicamente salvarnos, sino que además desea que le amemos mucho, porque Él nos amó mucho, y para lograrlo escogió una vida de trabajos y de dificultades y de muerte dolorosa y la que es la peor muerte entre todas las muertes, a fin de que conociéramos su infinito y ardiente amor que nos tiene. «Se humilló a Sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil., 2, 8).

¡Oh exceso de amor divino, que ni los ángeles ni los hombres llegarán nunca a comprender! Exceso le llamaron en el Tabor Moisés y Elias, refiriéndose a la Pasión de Cristo (Le. 9, 31). «Exceso de dolor, exceso de amor», dice San Buenaventura.

Si el Redentor no hubiera sido Dios, sino un deudo o amigo nuestro, ¿qué mayor prueba de afecto podría habernos dado que la de morir por nosotros? «Que nadie tiene más grande amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn., 15, 13). Si Jesucristo hubiera tenido que salvar a su mismo Padre, ¿qué más pudiera haber hecho por amor a Él? Si tú, hermano mío, hubieras sido Dios y creador de Cristo, ¿qué otra cosa hiciera por ti sino sacrificar su vida en un mar de afrentas y dolores? Si el hombre más vil de la tierra hubiera hecho por ti lo que hizo el Redentor, ¿podrías vivir sin amarle?

¿Crees en la Encarnación y muerte de Jesucristo?... ¿Lo crees y no amas a Jesús? ¿Y puedes siquiera pensar en amar otras cosas, fuera de Cristo? ¿Acaso dudas que te ama?... ¡Pues si Él vino al mundo, dice San Agustín, para padecer y morir por nosotros, a fin de dejarte claro el amor que nos tiene!

Tal vez antes de la Encarnación del Verbo el hombre pudiera dudar de que Dios lo ama tiernamente; pero después de la Encarnación y muerte de Jesucristo, ¿cómo se puede ni dudar de ello? ¿Con qué prueba más clara y tierna podía demostramos su amor que con sacrificar por nosotros su vida?... Estamos habituados a oír hablar de creación y redención, de un Dios que nace en un pesebre y muere en una cruz... ¡Oh santa fe, ilumina nuestras almas!

ORACIÓN

Veo, Jesús mío, que nada te quedó por hacer para obligarme a amarte, y que yo, con mis ingratitudes, he procurado obligarte a que me abandones. ¡Bendita sea tu paciencia que has tenido mientras yo te hago sufrir por tanto tiempo! Merezco un infierno a propósito creado para mí; pero tu muerte me inspira firme esperanza de perdón.

Enséñame, Señor, cuánto mereces ser amado y el deber que tengo de amarte, ¡oh inmenso Bien! Sabiendo que has muerto por mí, ¿cómo he vivido, ¡oh Dios!, olvidándote por tantos años?... ¡Oh, si volviera a existir de nuevo, desearía, Señor, consagrarte desde el principio toda mi vida! Pero, ¡ah!, los años no vuelven... Haz, al menos, que el resto de mi existencia lo dedique por completo a servirte y amarte.

Amado Redentor mío: te amo con todo mi corazón. Aumenta el amor en mí recordándome todo lo que hiciste por mi bien, y no permitas que vuelva a ser ingrato. No podría resistir más a la luz con que me iluminas. Deseas que te ame, y yo deseo amarte.

¿Y a quién voy a amar si no amo a mi Dios, belleza infinita e infinita Bondad, a un Dios que murió por mí y me sufrió paciente, y en vez de castigarme como yo merecía, cambió el castigo en favores y gracias? Sí, te amo, ¡oh Dios digno de infinito amor!, y no vivo ni suspiro más que para dedicarme a amarte, olvidado de todo el mundo. ¡Oh caridad infinita de mi Señor: socorre a un alma que anhela ser tuya enteramente!

Ayúdame también con tu intercesión, ¡oh María, Madre excelsa de Dios! Ruega a Jesucristo que me haga suyo para siempre.



PUNTO 3
Se aumentará en nosotros la admiración si consideramos el deseo vehemente que tuvo nuestro Señor Jesucristo de padecer y morir por nuestro bien. «Bautizado tengo que ser con el bautismo de mi propia sangre, y muero de deseo porque llegue pronto la hora de mi Pasión y muerte, a fin de que el hombre conozca el amor que le tengo.» Así decía el Hijo de Dios en su vida terrena (Lc., 12, 50). Por eso mismo exclamaba en la noche que precedió a su dolorosa Pasión (Lc., 22, 15): Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con ustedes. Se diría que nuestro Dios no puede saciarse de amor a los hombres, escribe San Basilio de Seleucia.

¡Ah Jesús mío! ¡Los hombres no te aman porque no ponderan el amor que les entregas! ¡Oh Señor!, el alma que piensa en un Dios muerto por su amor, y que tanto deseó morir para demostrarle la grandeza del afecto que le tenía, ¿cómo es posible que viva sin amarte?...

San Pablo dice (2 Co., 5, 14) que no solo lo que hizo y padeció Jesucristo, además cómo nos demostró el amor que siente por nosotros, nos obliga y casi nos fuerza a que le amemos. Considerando este gran misterio, San Lorenzo Justiniano exclamaba: Hemos visto a un Dios enloquecido de amor por nosotros. Y, en verdad, si la fe no lo afirma, ¿quién pudiera creer que el Creador quiso morir por sus criaturas?...

Santa Magdalena de Pazzi, en un éxtasis que tuvo llevando en sus manos un Crucifijo, llamaba a Jesús loco de amor. Y lo mismo decían en un pueblo de gente atea y de otras creencias cuando se les predicaba la muerte de Cristo, que les parecía una locura increíble, según testimonio del Apóstol (1 Co., 1, 23): «Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles.»

¿Cómo, decían, un Dios feliz en Sí mismo, y que no necesita de nadie, pudo venir al mundo, hacerse hombre y morir por amor a los hombres, criaturas suyas? Creer eso equivale a creer que Dios enloqueció de amor... Y con todo, es de fe que Jesucristo, verdadero Hijo de Dios, se entregó a la muerte por amor a nosotros. «Nos amó y se entregó Él mismo por nosotros» (Ef., 5, 2).

¿Y para qué lo hizo así? Lo hizo a fin de que no viviéramos para el mundo, sino para el Señor que por nosotros quiso morir (2 Co., 5, 15). Lo hizo para que el amor que nos mostró ganara todos los afectos y amores de nuestros corazones; y así lo hicieron los Santos, al considerar la muerte de Cristo, tuvieron en poco el dar la vida y darlo todo por amor de su amado Jesús.

¡Cuántos hombres ilustres, cuántas personas abandonaron riquezas, familia, patria y castidad para refugiarse en los claustros y vivir en el amor de Cristo! ¡Cuántos mártires sacrificaron la vida por su testimonio de fé! ¡Cuántas vírgenes, renunciando a marido e hijos de este mundo, corrieron gozosas a la muerte para recompensar como les era dado el afecto de un Dios que murió por amarlas!...

Y tú, hermano mío, ¿qué has hecho hasta ahora por amor a Cristo?... Así como el Señor murió por los Santos, por San Lorenzo, Santa Lucía, Santa Inés..., también murió por ti... ¿Qué piensas hacer, siquiera en el resto de tus días que Dios te concede para que le ames? Mira a menudo y contempla la imagen de Jesús crucificado; recuerda lo mucho que Él te amó, y di en tu interior: «Dios mío, ¿así que Tú has muerto por mí?» Hazlo; hazlo con frecuencia, y así te sentirás dulcemente movido a amar a Dios, que te ama tanto.

ORACIÓN

¡No te he amado como debiera, amado Redentor mío, porque no he pensado en el amor que me tienes! ¡Ah Jesús mío.!, ¡cuan ingrato soy!... Tú diste la vida por mí con la más amarga de las muertes, y yo, tan tonto he sido, que ni he querido pensar en ello. Perdóname, Señor, pues yo te prometo que desde ahora serás, ¡oh amor mío crucificado!, el único objeto de mi amor y de mis pensamientos.

Cuando el demonio o el mundo me ofrezcan sus venenosos frutos, recuérdame, amado Salvador, los trabajos que por mi amor sufriste, y haz que te ame y no te ofenda... ¡Ah! Si un siervo mío hubiera hecho por mí lo que Tú hiciste, no me atrevería a desecharle. ¡Y así y todo, muchas veces osé apartarme de Ti, que moriste por mí!...

¡Oh preciosa llama de amor, que obligaste a Dios a que diera por mí su vida; ven, inflama y llena todo mi corazón y destruye en él los afectos a las cosas creadas! ¿Es posible, amado Redentor, que quien considere cómo estuviste en el pesebre de Belén, en la cruz del Calvario, y ahora estás en el Sacramento del Altar, no quede enamorado de Ti?...

Te amo, Jesús mío, con toda mi alma, y en el resto de mi vida serás mi único bien, mi único amor. No más años desventurados como los que miserablemente viví olvidado de tu Pasión y de tus afectos. A ti me entrego enteramente, y si no acierto a entregarme como debiera, acógeme Tú y reina en todo mi corazón. No deseo ser esclavo más que de tu amor. No deseo hablar, ni tratar otros temas, ni pensar, ni suspirar, más que para amarte y servirte. Ayúdame con tu gracia, a fin de que te sea fiel, como lo espero por tus merecimientos, ¡oh Jesús mío!

¡Oh Madre del Amor hermoso, haz que ame mucho a tu divino Hijo, tan digno de ser amado y que tanto me amó!

 

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