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  Vida Despues de la Muerte
 

Vida Despues de la Muerte

Vida Despues de la Muerte

De la gloria

 

Tu tristeza se convertirá en alegría.
JN., 16, 20.

PUNTO 1
Procuremos sufrir ahora, con paciencia, las pruebas que Dios nos manda en esta vida, ofreciéndoselas a Dios, en unión con los dolores que Jesucristo sufrió por nuestro amor, y alentémonos con la esperanza de la gloria. Algún día terminarán estos trabajos, penas, angustias, persecuciones y temores, y si nos salvamos, se convertirán en maravilloso gozo y alegría en el reino de los bienaventurados.

Así nos alienta y anima el Señor (Jn., 16, 20): «Tu tristeza se convertirá en alegría.» Meditemos, pues, sobre la felicidad de la gloria... Pero, ¿qué podemos decir de esta felicidad, si ni aún los Santos más inspirados han podido expresar las delicias que Dios reserva a los que le aman?... David sólo supo decir (Sal. 83, 3) que la gloria es el bien infinitamente deseable...
¡Y tú, San Pablo, distinguido entre todos, que tuviste la dicha de ser arrebatado a los Cielos, dinos aunque sea algo de lo que viste allí! . «No—responde el gran Apóstol (2 Co., 12, 4)—; lo que ví no es posible explicarlo. Tan grandes son las delicias de la gloria, que no puede comprenderlas quien no las disfrute. Sólo diré que nadie en la tierra ha visto, ni oído, ni comprendido las bellezas y armonías y placeres que Dios tiene preparados para los que le aman» (1 Co., 2, 9).

No podemos imaginar los bienes del Cielo mientras estemos acá en este mundo, porque sólo nos podemos hacer una idea en base a lo que este mundo nos ofrece... Si, por maravilla, un ser loco e irracional pudiera discurrir, y supiera que un señor rico iba a celebrar un espléndido banquete, imaginaría que la comida dispuesta tendrá que ser exquisita y selecta, pero semejantes a los alimentos que él conoce, porque no podría concebir nada mejor como alimento.

Así discurrimos nosotros, pensando en los bienes de la gloria... ¡Qué hermoso es contemplar en una noche serena la magnificencia del cielo cubierto de estrellas! ¡Cuan grato admirar las apacibles aguas de un lago transparente, en cuyo fondo se descubren peces que nadan y piedras vestidas de diferentes colores! ¡Cuánta hermosura la de un jardín lleno de flores y frutos, rodeado de fuentes y arroyos y poblado de lindos pajaritos que cruzan el aire y lo alegran con su canto armonioso!... Se diría que tantas bellezas son el paraíso...
Pero no: los bienes y hermosura de la gloria son aún mejores. Para entender algo del paraíso, considera que allí está Dios omnipotente, colmando, embriagando de gozo a las almas que Él ama...

¿Quieres imaginar lo que es el Cielo?—decía San Bernardo—, entonces debes saber que allí no hay nada que nos desagrade, y existe todo bien que deleita.
¡Oh Dios! ¿Qué dirá el alma cuando llegue a aquel reino de felicidad?... Imaginemos que un hombre o una mujer, después de vivir toda la vida consagrados al amor y servicio de Cristo, acaban de morir y dejan ya este valle de lágrimas. Se presenta el alma al juicio; el Juez lo abraza, y le asegura que está santificado. El ángel custodio lo acompaña y felicita y esta alma le demuestra a Jesús su gratitud por toda la ayuda recibida y que le debe.

«Ven, pues, alma hermosa—le dice el ángel—; regocíjate, porque te has salvado; ven a contemplar a tu Señor.»
Y el alma se eleva, traspasa las nubes, vuela más allá de las estrellas y del Universo y entra en el Cielo... ¡Oh Dios mío!, ¿qué sentirá el alma al penetrar por vez primera en aquel venturoso reino y ver aquella ciudad de Dios, modelo insuperable de hermosura?...

Los ángeles y los Santos lo reciben gozosos y le dan una bienvenida de puro amor y gozo... Allí verá con mucha alegría a sus Santos protectores y a los familiares y amigos que lo precedieron en la vida eterna. El alma deseará venerarlos rendida, pero ellos lo impedirán, recordándole que son también siervos del Señor (Ap., 22, 9).

Lo llevarán después a que bese los pies de la Virgen María, Reina de los Cielos, y el alma sentirá un inmenso delirio de amor y de ternura viendo a la Madre excelsa y divina, que tanto lo auxilió para que se salvara, y que ahora le tenderá sus amantes brazos y que además le dejará saber todas las gracias que le ayudó a obtener.

Acompañada por esta soberana Señora, llegará el alma ante nuestro Rey Jesucristo, que lo recibirá como a su esposa amadísima, y le dirá (Cant., 4, 8): «Ven del Líbano, esposa mía; ven y serás coronada; alégrate y consuélate, que ya acabaron tus lágrimas, penas y temores; recibe la corona que te conseguí con mi Sangre...»

Jesús mismo lo presentará al Eterno Padre, que lo bendecirá, diciendo (Mt., 25, 21): Entra en el gozo de tu Señor, y le comunicará bienaventuranzas sin fin, con felicidad semejante a la que Él disfruta.

ORACIÓN

Mira, Señor, a tus pies a un ingrato que criaste para la gloria, y que tantas veces por deleites dañinos renunció a ella y prefirió ser condenado al infierno... Espero que me has perdonado todas las ofensas que te hice, de las cuales ahora y siempre me arrepiento y deseo dolerme de ellas hasta la muerte, así como que Tú renueves tu perdón...

Pero, ¡oh Dios mío! Aunque me hayas perdonado, no es menos cierto que tuve voluntad de ofenderte a Ti, Redentor mío, que para llevarme a tu reino diste la vida. Sea siempre alabada y bendita tu misericordia, Jesús mío, que con tanta paciencia me has esperado sufriendo, y en vez de castigarme has multiplicado en mí las gracias, inspiraciones y llamados.

Bien sé, amado Salvador mío, que deseas mi salvación, que me llamas a la patria celestial para que allí te ame eternamente; pero también quieres que antes en este mundo te consagre mi amor... Amarte quiero, Dios mío, y aunque no hubiera gloria, igual querría amarte mientras viva con toda mi alma y con todas mis fuerzas. Me basta saber que Tú lo deseas así...

Ayúdame, Jesús mío, con tu gracia y no me abandones... inmortal es mi alma, y por serlo, debo amarte o aborrecerte eternamente. ¿Qué tengo que preferir, sino amarte siempre, darte mi amor en esta vida, para que en la vida futura ese amor viva sin término ni fin?... Dispone de mí como te plazca; castígame como quieras; no me prives de tu amor, y haz de mí lo que te agrade... Tus merecimientos, Jesús mío, son mi esperanza.

¡Oh María, en tu intercesión confío! Me libraste del infierno cuando estuve en pecado; ahora que amo a Dios me salvarás y santificarás.



PUNTO 2Vida Despues De La Muerte
Apenas empiece el alma a gozar de la divina beatitud, ya no habrá nada que la aflija. Y enjugará Dios todas las lágrimas de los ojos de ellos, y no habrá ya muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las cosas de antes pasaran. Y dijo el que estaba sentado en el trono (Ap., 21, 4-5): He aquí, Yo hago nuevas todas las cosas.

No hay en el Cielo enfermedades, ni pobreza, ni mal alguno. No existen allí la sucesión de días y noches, de calor y frío, sino un eterno día siempre sereno, continua primavera de placer y sin fin. No hay persecuciones ni envidias, que en este reino de amor todos se aman en forma tierna, y cada cual goza del bien de los demás como si fuera suyo.

No se conocen allí angustias ni temores, porque el alma confirmada en gracia no puede pecar ni perder a Dios. Todas las cosas ostentan una hermosura renovada y completa, y todas satisfacen y consuelan. La vista gozará admirando aquella ciudad de perfecta belleza (Lm., 2,15).

Nos parecería un espectáculo fantástico ver una ciudad cuyo suelo fuese de terso y brillante cristal, las viviendas de plata pulida, cubiertas de oro purísimo y adornadas con guirnaldas de flores... ¡Pues mucho más hermosa es la ciudad de la gloria!

¡Y cómo será el ver aquellos felices habitantes con reales vestiduras, porque, como dice San Agustín, todos son reyes! ¡Cómo será el contemplar a la Virgen María, más hermosa que el mismo Cielo; y al Cordero sin mancha, a nuestro Señor Jesucristo, divino Esposo de las almas!

Santa Teresa logró ver desde lejos una mano del Redentor, y quedó maravillada de ver tanta belleza... Habrá en las moradas celestiales perfumes exquisitos, aroma de gloria, y allí se oirán música y cánticos de sublime armonía...

Una vez oyó San Francisco, por un breve instante, el sonido de esa armonía angelical, y creyó que iba a morir de puro gozo que sentía... ¡Cómo será, pues, el oír los coros de ángeles y Santos, que, unidos, cantan las glorias divinas (Sal. 83, 5), y la voz purísima de la Virgen inmaculada que alaba a su Dios!... Así como el canto del ruiseñor en el bosque excede y supera al de las demás avecillas, así la voz de María en el Cielo... En resumen: hay en la gloria cuantas delicias se puedan desear.

Y estos deleites hasta ahora considerados son los bienes menores del Cielo. El bien esencial de la gloria es el Bien Máximo: Dios.

El premio que el Señor nos ofrece no consiste sólo en la hermosura y armonía y deleites de aquella ciudad maravillosa; el premio principal es Dios mismo, es el amarle y contemplarle cara a cara (Gn., 15, 1).

Dice San Agustín que si Dios se dejara ver por los condenados, el infierno se transformaría de repente en delicioso paraíso. Y añade que si un alma, al salir de este mundo, tuviera que elegir entre ver a Dios y estar en el infierno, o no ver a Dios y librarse de las penas infernales, «preferiría, sin duda, la vista de Dios aún implicando los tormentos eternos».

Esta felicidad de amar a Dios y verle cara a cara no podemos comprenderla en este mundo. Pero algo nos es permitido entender, sabiendo que el atractivo del divino amor, aún en la vida mortal, llega a elevar sobre la tierra no sólo el alma, sino hasta el cuerpo de los Santos.
San Felipe Neri fue una vez alzado por el aire con la silla en que se estaba. San Pedro de Alcántara se elevó también sobre la tierra agarrado a un árbol, cuyo tronco quedó separado de la raíz.
Sabemos también que los Santos mártires, por la suavidad y dulzura del amor divino, se alegraban mientras padecían dolores terribles. San Vicente se expresaba de tal modo en el tormento—dice San Agustín—, «que no parecía sino que era uno el que hablaba y otro el que padecía».

San Lorenzo, tendido en las candentes parrillas sobre el fuego, decía al tirano con asombrosa serenidad: Envuélveme con el fuego y devórame, porque, como añade aquel Santo Lorenzo, «encendido en el fuego del divino amor, no sentía el incendio que me quemaba». Además, ¡El pecador al llorar sus culpas halla dulzura! Si tan dulce es llorar por Tí—decía San Bernardo—, ¿cómo será gozar de Ti?

¡Y qué consolación no siente el alma si un rayo de luz del Cielo lo pilla de improviso en la oración, algo de la bondad y misericordia divina, del amor que le tuvo y tiene Jesucristo! Le parece al alma que se consume y desmaya de amor. Y, sin embargo, en la tierra no vemos a Dios como es; le vemos entre sombras.
Tenemos ahora como una venda en los ojos, y Dios se nos oculta tras el velo de la fé. Pero, ¿qué sucederá cuando desaparezca esa venda y se deshaga aquel velo, y veamos cuán hermoso es Dios, cuán grande y justo, perfecto, amable y amoroso? (1 Co., 13, 12).



ORACIÓN

Yo soy, ¡oh Sumo Bien mío!, aquel miserable que tantas veces se apartó de Ti y renunció a tu amor. Por ello indigno soy de verte y amarte. Pero Tú, Señor, eres el que, por compadecerte de mí, no tuviste compasión de Ti mismo y te condenaste a morir de dolor en un madero de verguenza.

Por tu muerte espero, que algún día te veré y gozaré de tu presencia y te amaré con todo mí ser. Pero ahora que me hallo en peligro de perderte para siempre, o quizás ya te perdí por mis pecados, ¿qué haré en lo que resta de mi vida? ¿Seguiré ofendiéndote?... No, Jesús mío; aborrezco las ofensas que te hice.

Me pesa el alma por el peso de mis ofensas y te amo con todo mi corazón... ¿Apartarás de Ti a un alma que se arrepiente y te ama? No. Bien sé lo que dijiste, amado Redentor mío; que no sabes rechazar a los que, arrepentidos, recurren a Ti (Jn., 6, 37). A todo renuncio, Jesús mío, y me entrego a Ti, te abrazo y uno a mi corazón.. Abrázame y úneme también a tu Sagrado Corazón... Y si me atrevo a hablar así es porque hablo y trato con la Bondad infinita, con un Dios que murió por mi amor. Amado Redentor mío, dame la perseverancia en tu amor santo.

Amada Virgen María, Madre nuestra, ayúdame a lograr ese don de la perseverancia, por lo mucho que amas a Cristo Jesús. Así lo espero y así sea.



PUNTO 3
La mayor tribulación que aflige en este mundo a las almas que aman a Dios y están desoladas y sin consuelo es el temor de no amarle y de no ser amadas de Él (Ecl., 9, 1). Pero en el Cielo el alma está segura de que se halla en el amor divino, y de que el Señor la abraza estrechamente, como a una hija predilecta, sin que ese amor pueda acabarse nunca. Es más, este amor se acrecentará en ella con el conocimiento que tendrá entonces del amor que movió a Dios a morir por nosotros y a instituir aquel Santísimo Sacramento en que el mismo Dios se hace alimento del hombre.

Esta persona que ya está en el cielo, verá todas las gracias que Dios le dió, librándolo de tantas tentaciones y peligros de perderse, y reconocerá que todas las tribulaciones, pruebas, enfermedades, persecuciones y desengaños que antes llamó desgracias y pensó que eran castigos, eran señales de amor de Dios, y medios que la divina Providencia usaba para llevarlo al Cielo.

Conocerá la paciencia con que Dios lo esperó después de que lo había ofendido tanto, y la misericordia ilimitada con que Dios lo perdonó. También verá cómo Dios lo llenó de intuiciones, pensamientos, ideas, y le enviaba constantemente mensajes y llamados de amor. Desde la altura del Cielo verá que hay en el infierno muchas almas condenadas por culpas menores que las propias, y se aumentará su gratitud por hallarse santificada, en posesión de Dios y segura de no perder jamás el soberano e infinito Bien.

Eternamente gozará el bienaventurado de esa incomparable felicidad, que en cada instante le parecerá nueva, como si acabara de comenzar a disfrutarla. Siempre deseará esa dicha y la poseerá sin cesar; siempre deseoso y siempre satisfecho, siempre codiciando más amor y siempre saciado. Porque el deseo, en la gloria, no va acompañado de temor, ni la posesión engendra aburrimiento.

En resumen: así como los condenados al infierno son focos de ira de Dios, los elegidos son focos de júbilo y de amor de Dios, de tal manera, que nada les queda por desear. Decía Santa Teresa que incluso acá en la tierra, cuando Dios admite a las almas en aquella regalada cámara del vino, es decir, de su divino amor, tan felizmente las embriaga, que estas personas pierden todo afecto y deseo de todas las cosas terrenas. Pero al entrar en el Cielo, este amor de Dios es mucho más perfecto y es entregado plenamente a los elegidos de Dios, como dice David (Sal. 35, 9): ¡Embriagados de la abundancia de su casa!

Entonces este hombre ya hecho Santo, viendo cara a cara a Dios y uniéndose al Sumo Bien, presa de un delirio de amor, se rendirá en Dios, y olvidado de sí mismo, sólo pensará en amar, alabar y bendecir aquel infinito Bien que posee.

En esta vida, cuando nos aflijan las cruces diarias, esforcémonos en sufrirlas pacientemente con la esperanza en el Cielo. A Santa María Egipcíaca, en la hora de la muerte, preguntó el abad Zósimo cómo había podido vivir tantos años en aquel desierto, y la Santa respondió: Con la esperanza de la gloria... San Felipe Neri, cuando le ofrecieron la dignidad de cardenal, arrojando el capelo lejos de sí, exclamó: El Cielo, el Cielo es lo que yo deseo. Fray Gil, religioso franciscano, se elevaba extático siempre que oía el nombre de la gloria.

Así, nosotros, cuando nos atormenten y angustien las penas de este mundo, alcemos los ojos al Cielo, y consolémonos suspirando por la felicidad eterna. Consideremos que si somos fieles a Dios, muy pronto acabarán esos trabajos, miserias y temores, y seremos admitidos en la patria celestial, donde viviremos plenamente felices mientras Dios sea Dios.

Allí nos esperan los Santos, allí la Virgen Santísima, allí Jesucristo nos prepara la corona de aquel perdurable reino de la gloria.

ORACIÓN

Tú mismo me enseñaste, amadísimo Redentor mío, a que orase, diciendo:  Señor, que venga tu reino a mi alma, y así deseo que la poseas entera, y que ella te posea a Ti, Bien Sumo e infinito. Tú, Jesús mío, nada omitiste para salvarme y conquistar mi amor. Sálvame, pues, y sea mi salvación amarte siempre en esta y en la vida eterna.

Aunque tantas veces me aparté de Ti, sé que no te avergonzarás de abrazarme en el Cielo eternamente, con tanto amor como si nunca te hubiera ofendido.
¿Y porque así lo creo así cómo podría no amarte sobre todas las cosas, a Ti Jesús, que solo deseas darme la gloria, a pesar de que tan a menudo te hice sufrir y hasta merecí el infierno?...

¡Ojalá, Señor, no te hubiera ofendido nunca! ¡Ah, si volviera a nacer, desearía amarte siempre desde el primer día!... Pero lo hecho, hecho está y no puedo borrar el pasado. Sólo puedo consagrarte el resto de mi vida. Toda mi vida te doy; me entrego por completo a tu servicio... ¡Jesús, echa fuera de mi corazón todos los afectos mundanos; solo deseo tener lugar en él para mi Dios y Señor, que quiere poseerlo sin rivales!... Todo mi corazón es tuyo, ¡oh Redentor mío!, mi amor y mi Dios.

Desde ahora, únicamente pensaré en complacerte. Ayúdame con tu gracia, como espero por tus merecimientos, y acrecienta en mí el deseo eficaz de servirte... ¡Oh gloria, oh Cielo!... ¿Cuándo, Señor, podré contemplarte y abrazarte y unirme a Ti, sin temor de perderte?... ¡Ah Dios mío! ¡Guíame y defiendeme para que nunca te ofenda!...

¡Oh María Santísima! ¿Cuándo estaré postrado a tus pies en la gloria? Socórreme, Madre mía; no permitas que me condene y que me vea lejos de ti y de tu Hijo divino.

 

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