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  Vida Despues de la Muerte
 

Vida Despues de la Muerte

Vida Despues de la Muerte

De la eternidad del infierno

 

E irán éstos al suplicio eterno.
MT., 25, 46.

PUNTO 1
Si el infierno tuviera fin no sería infierno. La pena que dura poco, no es gran pena. Si a un enfermo se le saca un tumor o recibe una operación, no dejará de sentir dolor durante su recuperación; pero como este dolor es temporal, no se le puede tener por tormento muy grave. Pero serí un tormento horrible que aún después de sacado el tumor o terminada la operación el dolor continuara sin treguas durante semanas o meses. Cuando el dolor dura mucho, aunque sea muy leve, se hace insoportable. Y no solo los dolores, sino que sucede lo mismo también con los placeres y diversiones que duran demasiado, ir a un parque de diversiones, o a un concierto desarrollado sin interrupción por muchas horas, nos ocasionarían un tedio insufrible. ¿Y si durasen un mes, un año?
¿Qué sucederá, pues, en el infierno, donde no es música, ni entretención lo que siempre se oye, ni leve dolor lo que se padece, ni ligera herida o breve quemadura lo que atormenta, sino el conjunto de todos los males, de todos los dolores, no en tiempo limitado, sino por toda la eternidad? (Ap., 20, 10).

Esta duración eterna del castigo es de fe, no es solo una mera opinión, sino una verdad revelada por Dios en muchos lugares de la Escritura. «Apártense de Mí, malditos, al fuego eterno. E irán éstos al suplicio eterno. Pagarán la pena de eterna perdición. Todos serán con fuego asolados».

Así como la sal conserva mejor la carne y otros alimentos, el fuego del infierno atormenta a los condenados y al mismo tiempo sirve como de sal, conservándoles la vida. «Allí el fuego consume de tal modo—dice San Bernardo—, que conserva el cuerpo por siempre.»

¡Insensato sería el que, por disfrutar un rato de recreo, quisiera condenarse a estar luego veinte o treinta años encerrado en un calabozo! Si el infierno durara, no ya veinte años, sino dos o tres años no más, todavía sería locura incomprensible que por un instante de placer nos condenáramos a esos dos o tres años de tormento gravísimo. Pero no se trata de treinta, ni de cien, ni de mil, ni de cien mil años; se trata de padecer para siempre terribles penas, dolores sin fin, males espantosos, sin alivio alguno.

Con razón, pues, aún los Santos gemían y temblaban mientras subsistía con la vida temporal el peligro de condenarse. El bienaventurado Isaías ayunaba y hacía penitencia en el desierto, y se lamentaba, exclamando: «¡Ah infeliz de mí, que aún no estoy libre de las llamas infernales!»


ORACIÓN

Dios mío, si me hubieras enviado al infierno, que tantas veces merecí, y luego, por tu gran misericordia, me hubieras libertado de él, ¡cuan agradecido no habría quedado, y qué vida tan santa hubiera yo procurado tener!...

Pues ahora que con demencia todavía mayor me has preservado de la condenación eterna, ¿qué haré, Señor? ¿Acaso podría ofenderte nuevamente y así provocar tu ira para que me envíes a aquella cárcel de desdichados donde tantos se hallan por culpas menores que las mías? ¡Ah Redentor mío, así lo hice en la vida pasada! En vez de emplear el tiempo que me diste en llorar mis pecados, lo invertí en ofenderte.
Gracias doy a tu Bondad infinita, que tanto sufre mientras me has esperado. Si no fuera infinita, ¿cómo hubiera podido tolerar mis delitos? Gracias, pues, por haberme esperado con tanta paciencia hasta ahora, gracias por las luces que me comunicas ahora, para que conozca mi locura y el mal que cometí ofendiéndote con mis culpas. Las detesto, Jesús mío, y me duele el alma de ellas con todo mi corazón.
Perdóname, por tu sagrada Pasión y muerte, y asísteme con tu gracia para que jamás vuelva a ofenderte.

Con razón debo temer que por un nuevo pecado mortal desde luego me abandones. ¡Ah Señor, pon ante mi vista ese temor, miedo que es justo, cada vez que el demonio me provoque a ofenderte. Te amo, Dios mío, y no quiero perderte. Ayúdame con tu divina gracia.
Auxíliame también, Virgen Santísima; haz que siempre acuda a Ti en las tentaciones, a fin de que no pierda a Dios. Tú eres, María, mi esperanza.



PUNTO 2Vida Despues De La Muerte
El que entra en el infierno jamás saldrá de allí. Por este pensamiento temblaba el rey David cuando, decía (Sal. 68, 16): Ni me trague el abismo, ni el pozo cierre sobre mí su boca. Apenas se hunda el condenado en aquel pozo de tormentos, se cerrará la entrada y no se abrirá nunca.
Puerta para entrar hay en el infierno, pero no para salir, dice Eusebio Emiseno; y explicando las palabras del Salmista, escribe: «No cierra su boca el pozo, porque se cerrará en lo alto y se abrirá en lo profundo cuando reciba a los condenados.»
Mientras vive, el pecador puede conservar alguna esperanza de remedio; pero si la muerte lo sorprende en pecado, acabará para él toda esperanza (Pr., 11, 7). ¡Y si, por lo menos, los condenados pudieran forjarse alguna engañosa ilusión que aliviar su desesperación horrenda!...

Al menos en este mundo siempre existe una mínima esperanza, como le sucede al pobre enfermo, inmóvil y con heridas, postrado en su cama y desahuciado de los médicos, tal vez se ilusiona y consuela pensando que va a llegar algún doctor o nuevo remedio que le cure. El infeliz criminal que es condenado a cadena perpetua también busca alivio a su aburrimiento en la remota esperanza de huir y liberarse. ¡Si el condenado al infierno al menos lograra engañarse así, pensando que algún día podría salir de su prisión!... Pero no; en el infierno no hay esperanza, ni cierta ni engañosa; no hay allí un ¿quién sabe? consolador.

El desventurado verá siempre ante sí escrita su sentencia, que le obliga a estar perpetuamente lamentándose en aquella cárcel de dolores. Unos para la vida eterna y otros para castigo, para que lo vean siempre (Dn., 12, 2).

El condenado no padece castigos temporales con descansos, al contrario, el castigo es siempre el mismo y en todo momento, lo que padece ahora es la misma pena de la eternidad. «Lo que ahora padezco—dirá—voy a padecerlo siempre.» «Sostienen—dice Tertuliano—el peso de la eternidad.»

Roguemos, pues, al Señor, como rogaba San Agustín: «Señor, castígame ahora en esta vida, quema mi cuerpo, corta mis miembros si lo deseas, y no perdones aquí, para que sí me perdones en la eternidad.» Los castigos de esta vida, son transitorios: «Tus dardos pasan. La voz del trueno va en rueda por el aire» (Sal. 76, 19). Pero los castigos de la otra vida no acaban jamás.

Tengamos miedo, pues. Temamos la voz de trueno con que el supremo Juez pronunciará en el día del juicio su sentencia contra los condenados: «Apártense de Mí, malditos, al fuego eterno.» Dice la Escritura en rueda, porque esa curva es símbolo de la eternidad, que no tiene fin. Grande es el castigo del infierno, pero lo más terrible del infierno es ser irrevocable.
Pero ¿dónde?, dirá el incrédulo; ¿dónde está la justicia de Dios, al castigar con una pena eterna un pecado que dura un instante?... ¿Y cómo, responderemos; cómo se atreve el pecador, por el placer de un instante, a ofender a un Dios de Majestad infinita? Aún en el juicio humano, dice Santo Tomás, la pena se mide, no por la duración, sino por la calidad del delito. Un asesino recibe una condena mayor que un ladrón, aún cuando el asesinato se hizo en 1 minuto y el robo se hizo en 30 minutos. «No porque el homicidio se cometa en un minuto va a castigarse con una pena momentánea».

Para el pecado mortal, un infierno es poco. A la ofensa de la Majestad infinita debe corresponder el infinito castigo, dice San Bernardino de Sena. Y como la criatura, escribe el Angélico Doctor, no es capaz de recibir pena infinita en intensidad, justamente hace Dios que esa pena sea infinita en duración.

Además, la pena debe ser necesariamente eterna, porque el condenado no podrá jamás pagar por su culpa y dejar satisfecho a Dios con ese pago. En este mundo el pecador arrepentido y penitente puede satisfacer, porque se le suman los méritos de Jesucristo; pero el alma condenada al infierno no participa de esos méritos de Jesucristo, y, por tanto, no pudiendo nunca satisfacer a Dios, siendo eterno el pecado, eterno también va a ser el castigo (Sed. 48, 8-9).

«Allí en el infierno, la culpa—dice el Belluacense—podrá ser castigada; pero expiada, jamás»; porque, como dice San Agustín, «allí en el infierno, el pecador no podrá arrepentirse», y por eso el Señor estará siempre con ira contra él (Mal., 1, 4). Y aún dado el caso que Dios quisiera perdonar al condenado, esta alma ya no desea el perdón, porque su voluntad, obstinada y rebelde, está confirmada en odio contra Dios.

Dice Inocencio III: «Los condenados no se humillan; al contrario, la maldad del odio crecerá en ellos.» Y San Jerónimo afirma que «en los condenados el deseo de pecar es insaciable». La herida de tales desventurados no tiene curación; ellos mismos se niegan a sanar (Jer., 15, 18).



ORACIÓN

Si estuviese ahora condenado, como tantas veces he merecido, estaría obstinado en odio contra Ti, Redentor y Dios mío, que diste la vida por mí. ¡Oh Señor, qué infierno tan cruel sería aborrecerte a Ti, que tanto me has amado, que eres belleza infinita e infinita bondad, digna de infinito amor! ¡Y estando en el infierno, me vería en una condición tan infeliz, que ni siquiera desearía el perdón que ahora me ofreces!...

Gracias, Jesús mío, por la clemencia que conmigo tuviste, y puesto que ahora aún puedo amarte y ser perdonado, solo deseo tu amor y perdón... Me los ofreces, y yo los pido y espero alcanzarlos por tus méritos infinitos. Me arrepiento, Bondad Máxima, de cuantas ofensas te hice.

Perdóname, Señor... ¿Qué mal me hiciste para que siempre te aborreciera como a un enemigo mío?... ¿Qué amigo hay que haya hecho y padecido por mí lo que Tú, Jesús mío, hiciste y padeciste?... No permitas que incurra en tu enojo y pierda tu amor. ¡Antes morir mil veces que caer en una desventura de tal magnitud!...

¡Oh María, ampárame bajo tu manto, y no permitas que de él me aparte para rebelarme contra Dios y contra Ti!



PUNTO 3
En la vida del infierno, la muerte es lo que más se desea. Buscarán los hombres la muerte, y no la hallarán. Desearán morir, y la muerte huirá de ellos (Ap., 9, 6). Por lo cual exclama San Jerónimo: «¡Oh muerte, cuán grata serías para las mismas personas para quienes fuiste tan amarga! »

Dice David (Sal. 48, 15) que la muerte se apacentará con los condenados. Y lo explica San Bernardo, añadiendo que, así como al pacer los rebaños comen las hojas de la hierba y dejan la raíz, así la muerte devora a los condenados: los mata en cada instante y, a la vez, les conserva la vida para seguir atormentándolos con un castigo eterno.
De manera que, dice San Gregorio, el condenado muere continuamente, sin morir jamás. Cuando a un hombre le mata el dolor, le compadece la gente. Pero el condenado no tendrá quien le compadezca. Estará siempre muriendo de angustia, y nadie le compadecerá...

El emperador Zenón, sepultado vivo en una fosa, gritaba y pedía, por piedad, que lo sacaran de allí, pero nadie le oyó, y lo encontraron después muerto en ella. Y las mordeduras que en los brazos le encontraron, que sin duda él mismo se las había hecho, patentizaron la horrible desesperación que habría sentido...

Pues los condenados, exclama San Cirilo de Alejandría, gritan en la cárcel del infierno, pero nadie acude a librarlos, ni nadie los compadece nunca.
¿Y cuánto durará tanta desdicha?... Siempre, siempre. Comentando los Ejercicios Espirituales del Padre Señeri, publicados por Muratori, se cuenta que en Roma se interrogó a un demonio (que estaba en el cuerpo de un poseso), y le preguntaron cuánto tiempo debía estar en el infierno..., y respondió, dando señales de rabiosa desesperación: ¡Siempre, siempre!...
Fue tal el terror de los que escuchaban, que muchos jóvenes del Seminario Romano, allí presentes, hicieron confesión general, y sinceramente cambiaron de vida, convertidos por aquel breve sermón de solo dos palabras...

¡Infeliz Judas!... ¡Dos mil años han pasado desde que está en el infierno, y, sin embargo, se diría que ahora acaba de empezar su castigo!... ¡Desdichado Caín!... ¡Cerca de seis mil años lleva en el suplicio infernal, y puede decirse que aún se halla en el principio de su pena!

A un demonio a quien le preguntaron cuánto tiempo hacía que estaba en el infierno, respondió: Desde ayer. Y como se le replicó que no podía ser así, porque habían transcurrido ya más de cinco mil años desde su condenación, exclamó: «Si supieras lo que es eternidad, comprenderías que, en comparación de ella, cincuenta siglos no son ni un instante.

Si algún ángel dijera a un condenado: «Saldrás del infierno cuando hayan pasado tantos siglos como gotas hay en las aguas de la tierra, hojas en los árboles y arena en el mar», el condenado se regocijaría tanto como un mendigo que recibe la noticia de que en el futuro ganará la lotería. Porque pasarán todos esos millones de siglos, y otros innumerables después, y así y todo, el tiempo de duración del infierno estará comenzando…

Los condenados desearían pedir a Dios que les acrecentara la intensidad de sus penas, y que duraran cuanto quisiera, con tal que les ponga fin, por remoto que fuera. Pero ese término y límite no existen ni existirán. La voz de la divina justicia sólo repite en el infierno las palabras siempre, jamás.
Los demonios se burlarán de los condenados preguntándoles: «¿Va muy avanzada la noche? (ls., 21, 11). ¿Cuándo amanecerá? ¿Cuándo acabarán esas voces, esos llantos y el hedor, los tormentos y llamas?...» Y los infelices responderán: ¡Nunca, jamás!.. Pues ¿cuánto va a durar?... ¡Siempre, siempre!...

¡Ah Señor! Ilumina a tantos ciegos que cuando se les insta para que no se condenen, responden: «Déjanos. Si vamos al infierno, ¿qué podemos hacer? ¡Paciencia!...»

¡Oh Dios mío!, no tienen paciencia para soportar a veces las molestias del calor o del frío, ni sufrir un leve golpe, ¿y van a tener paciencia después para padecer las llamas de un mar de fuego, los tormentos diabólicos, el abandono absoluto de Dios y de todos, por toda la eternidad?


ORACIÓN

¡Oh Padre de las misericordias! Tú nunca abandonas a quien te busca. Si en la vida pasada tantas veces me aparté de Ti y no me abandonaste, no me dejes ahora, que a Ti acudo. Me pesa, ¡oh Sumo Bien!, de haber menospreciado tu gracia transformándola en cosas de tan poco valor. Mira las sagradas llagas de tu Hijo, escucha su voz, que demanda perdón para ti, y perdóname, Señor... Y Tú, Redentor mío, recuérdame siempre los trabajos que por mi pasaste, el amor que me tienes y mi ingratitud, por la cual tan a menudo he merecido condenación eterna, a fin de que llore yo mis culpas y viva entregado a tu amor...

¡Ah Jesús mío!, ¿cómo no voy a arder en tu amor al pensar que hace muchos años debiera verme ardiendo en las llamas infernales por toda la eternidad, y que Tú moriste por librarme de ellas, y con tan gran clemencia me libraste? Si estuviera en el infierno, te aborrecería eternamente. Pero ahora te amo y deseo seguir siempre amándote, y espero, por los méritos de tu preciosa Sangre, que así me lo concederás...

Tú, Señor, me amas, y yo te amo también. Y me amarás siempre si de Ti no me aparto. Líbrame, Salvador mío, de esa gran desdicha de apartarme de Ti, y haz de mí lo que te agrade... Merecedor soy de todo castigo, y lo acepto gustoso, con tal de que no me prives de tu amor...

¡Oh María Santísima, amparo y refugio mío, cuántas veces me he condenado yo mismo al infierno, y Tú me has librado de él!... Líbrame desde ahora de todo pecado, causa única que me puede arrebatar la gracia de Dios y arrojarme al infierno.

 

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