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  Vida Despues de la Muerte
 

Vida Despues de la Muerte

Vida Despues de la Muerte

Del juicio universal

 

Conocido será que el Señor hace justicia.
SAL. 9, 17.

PUNTO 1
No hay en el mundo persona más despreciada que nuestro Señor Jesucristo. Más atención se pone a un pobre villano que al mismo Dios; porque se teme que ese villano, al verse demasiado injuriado y oprimido, trate después de vengarse, movido con un enojo ciego. Si en tu ciudad hay un barrio conocido por su violencia, harás todo lo posible para evitar ir a él. Si caminando ves a un hombre robando, tratarás de abrirle paso y no frenar su huida, por miedo de que te acuchille. Si alguien te pide limosna, con miedo le dirás que no tienes nada, o le darás algún poco que tengas a mano para que no moleste ni se enoje. Y si te ves en la situación de que te asaltan con cuchillo, temblando de miedo tratarás de complacer sus requerimientos.

Pero a Dios se le ofende y ultraja sin reparo, como si no pudiera castigar cuando quisiere (Jb., 22, 17).

Por esta razón, el Redentor ha destinado el día del juicio universal (llamado Día del Señor en la Escritura), en el cual Jesucristo se hará reconocer por todos como Señor Universal y Soberano de todas las cosas (Sal. 9, 17).
Ese día no se llama día de misericordia y perdón, sino «día de ira, de tribulación y de angustia; día de miseria y desventura» (Sof., 1, 15). Porque durante este día se reparará justamente el Señor de la honra y gloria que los pecadores quisieron quitarle en este mundo. Veamos cómo ha de suceder el juicio en ese gran día.

Antes que se presente el divino Juez primero veremos un fuego maravilloso del Cielo (Sal., 96, 3), que quemará la tierra y cuanto en ella exista (2 P, 3, 10). De manera que los palacios, templos, ciudades, pueblos y reinos, todo se convertirá en un montón de cenizas.

Es necesario purificar con fuego esta gran casa, contaminada de pecados. Este es el final que tendrán todas las riquezas, construcciones y bellezas de la tierra. Muertos los hombres, resonará la trompeta y todos resucitarán (1 Co., 15, 52).

Decía San Jerónimo: «Cuando considero el día del juicio, me estremezco. Me parece que siempre oigo resonar aquella trompeta: Levántense, muertos, y vengan a mi juicio». Al sonido pavoroso de esa voz descenderán las almas hermosísimas de los bienaventurados para unirse a sus cuerpos, con los cuales sirvieron a Dios en este mundo; y las almas infelices de los condenados saldrán del infierno y se unirán a sus cuerpos malditos, que fueron instrumentos para ofender a Dios.

¡Qué diferencia habrá entonces entre los cuerpos de justos y condenados! Los justos se mostrarán hermosos, iluminados, resplandecientes más que el sol (Mt., 13, 43). ¡Dichoso el que en esta vida supo mortificar su carne, negándole los placeres prohibidos; y aún más dichosos serán los Santos que rechazaron hasta los placeres de los sentidos que sí están permitidos!...

¡Cuánto se regocijarán, como se alegró un San Pedro de Alcántara, que poco después de su muerte se apareció a Santa Teresa de Jesús, y le dijo: «¡Oh feliz penitencia, que tanta gloria me ha alcanzado!...» Y, al contrario, los cuerpos de los condenados se mostrarán deformes, negros y hediondos.

¡Ah, qué pena tendrá el condenado al reunirse con su cuerpo!... «Cuerpo maldito—dirá el alma—, por satisfacerte me perdí.» Y el cuerpo dirá: «Tú, alma maldecida, que estabas dotada de razón, ¿por qué me concediste aquellos placeres que a ti y a mí nos han perdido por toda la eternidad?»


ORACIÓN

¡Ah Jesús y Redentor mió, que un día has de ser mi Juez, perdóname antes que llegue ese día temible! No apartes de mí tu rostro (Sal. 101, 3). Ahora eres mi Padre, y como tal, recibe en tu gracia a un hijo que vuelve a Ti arrepentido.

Padre mío, te pido perdón. Mal hice en ofenderte y en dejarte, que no merecías mi proceder detestable. Me arrepiento de ello y me duele el corazón. Perdóname, pues; no apartes de mí tu rostro ni me despidas como merezco. Acuérdate de la Sangre que por mí derramaste, y ten misericordia de mí.

Jesús mío, no quiero más Juez que Tú. Pues, como decía Santo Tomás de Villanueva, «gustoso me someto al juicio de Aquel que murió por mí y que para no condenarme, quiso ser Él condenado a la cruz». Ya San Pablo había dicho: «¿Quién es el que condena? Cristo Jesús, que murió por nosotros.»

Te amo, Padre mío, y deseo no volver jamás a separarme de tus pies. Olvida las ofensas que te hice, y dame gran amor a tu bondad. Quiero que este amor a Ti sea mayor que el desagradecimiento con que te ofendí. Pero si no me ayudas, no podré amarte. Ayúdame, Jesús mío. Haz que mi vida, sea como quiere tu amor, a fin de que en el último día de mi vida merezca ser contado en el número de tus escogidos...

¡Oh María, mi Reina y mi Abogada, ayúdame ahora, pues si me perdiera ya no podrás ayudarme en aquel día! Tú, Señora, por todos ruegas. Ruega también por mí, que me aprecio de ser tu devoto y que tanto confío en Ti.




PUNTO 2Vida Despues De La Muerte
Apenas hayan resucitado los muertos, dispondrán los ángeles que se reúnan todos en el valle de Josafat para ser juzgados (Jl., 3,14), y separarán allí a los justos de los culpables (Mt., 13, 49). Los primeros quedarán a la derecha; los condenados, a la izquierda... Profunda pena siente quien se ve separado de la sociedad o de la Iglesia. ¡Mucho mayor pena será la de verse despedido de la compañía de los Santos! ¡Qué confusión tendrán los pecadores cuando, apartados de los justos, se hallen abandonados!

Dice San Juan Crisóstomo que si los condenados no tuvieran otras penas, esa confusión bastaría para darles los tormentos del infierno. Habrá hijos separados de sus padres; esposos, de sus esposas; amos, de sus sirvientes... (Mt., 24, 40). Di, hermano mío, ¿en qué lugar crees que te hallarás entonces?... ¿Quieres estar a la derecha? Pues abandona el camino que te lleva a la izquierda.

Se tiene en este mundo por afortunados a los millonarios, y se desprecia a los Santos, a los pobres y humildes... ¡Oh fieles que aman a Dios!, no te aflijas al verte tan atribulado y vilipendiado en la tierra. «Tu tristeza se convertirá en gozo» (Jn., 16, 20).

Entonces verdaderamente serás llamado venturoso, y te honrarán admitiéndote en la corte de Cristo. ¡Con qué celestial hermosura resplandecerán un San Pedro de Alcántara, que fue injuriado como si hubiese sido traidor; un San Juan de Dios, escarnecido como loco; un San Pedro Celestino, que, renunciando al Pontificado, murió en una cárcel! ¡Qué gloria alcanzarán tantos mártires que fueron despedazados por los verdugos! (1 Co., 4, 5). Y, al contrario, ¡qué horribles aparecerán un Herodes, un Pilatos, un Nerón y otros poderosos de la tierra, condenados para siempre!...

¡Oh amadores del mundo! Ya tienen reservado un lugar en ese valle, a ese valle se dirigen. Allí, sin duda, cambiarás de parecer; allí llorarás tu locura. ¡Infelices, esta vida es solo una escena, y están representando un papel como hacen los actores. Una vida tan corta y breve. Y cuyo precio es ir al valle de los culpables en la tragedia del juicio universal!

Los elegidos se hallarán a la derecha, y para mayor gloria—como dice el Apóstol (1 Ts., 4, 16)—serán levantados en el aire, sobre las nubes, y esperarán con los ángeles a Jesucristo, que ha de bajar del Cielo. Los condenados, a la izquierda, y como reses destinadas al matadero, aguardarán a su Juez, que va a hacer pública la condenación de todos sus enemigos.

De improviso, se abren los Cielos y surgen los ángeles para asistir al juicio, llevando los signos de la Pasión de Cristo, dice Santo Tomás. Singularmente resplandecerá la Santa Cruz. Y entonces aparecerá en el Cielo la señal de la Pasión del Hijo del Hombre, y gemirán todas las tribus de la tierra (Mt., 24, 30).

«¡Oh, y cómo al ver la cruz—exclama Cornelio a Lápide—gemirán los pecadores que despreciaron su salvación eterna, que costó tan caro al Hijo de Dios!» «Entonces—dice San Juan Crisóstomo—los clavos se quejarán de ti; las cicatrices contra ti hablarán; la cruz de Cristo clamará en contra tuya.»

Asesores serán de este juicio los Santos Apóstoles y todos los que los imitaron, y con Jesucristo juzgarán a los pueblos. Allí estará también la Reina de los ángeles y de los hombres, María Santísima. Y, en fin, se presentará el eterno Juez en un trono luminoso de majestad. «Y verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las nubes del Cielo con gran poder y majestad» (Sb., 3, 7-8). «A su presencia serán atormentados los pueblos» (Mt., 24, 30).

La presencia de Cristo traerá a los elegidos mucho consuelo, y a los condenados penas mayores que las del mismo infierno, dice San Jerónimo. «Dame, Jesús mío—decía Santa Teresa—, dame cualquier trabajo, pero no me muestres tu rostro indignado en aquel día.» Y San Basilio dice: «Esta confusión excede a toda pena.» Sucederá entonces lo predicho por San Juan (Ap., 6, 16): que los condenados pedirán a las montañas que caigan sobre ellos y los oculten a la vista del enojado Juez.


ORACIÓN

¡Oh adorado Redentor mío, Cordero de Dios, que viniste al mundo no para castigar, sino a perdonar los pecados, perdóname, Señor, antes que llegue el día en que has de juzgarme. Verte entonces, Cordero sin mancha, que con tanta paciencia me has esperado sufriendo, y perderte para siempre, sería el infierno de mi infierno. Perdóname, pues, vuelvo a decirte; sácame con tus manos piadosísimas de este abismo en que me hundieron mis pecados. Me arrepiento, ¡oh Sumo Bien!, de haberte ofendido tantas veces.

Te amo, Juez mío, que tanto me has amado. Por los merecimientos de tu muerte, dame tan alta gracia que me convierta de pecador en santo. Prometiste oír a quien te niegue, pues yo no te pido bienes terrenos, sino tu gracia y tu amor; nada más deseo. Oyeme, Jesús mío, por el amor que me tuviste al morir por mí en la cruz. Reo soy, ¡oh Juez amadísimo!, pero un reo que te ama más que a mí mismo...

María, Madre nuestra, ten misericordia de mí ahora que aún hay tiempo de que me ayudes. Jamás me has abandonado cuando yo huía de Dios y de Ti. Socórreme ahora que resuelvo amarte y servirte siempre y no más ofender a mi Señor.

¡Oh María, Tú eres mi esperanza!



PUNTO 3
Comenzará el juicio abriéndose los libros del proceso, es decir, las conciencias de todos (Dn., 7, 10). Los primeros testimonios contra los condenados serán del demonio, que dirá, según San Agustín: «Justísimo Juez, sentencia que son míos los que no quisieron ser tuyos.»
Acusará después la propia conciencia de los hombres (Ro., 2, 15). Darán luego testimonio clamando venganza, los lugares en que, los pecadores ofendieron a Dios (Hab., 2, 11)» y testigo será por último, el mismo Juez, que estuvo presente en todas las ofensas que le hicieron.

Dice San Pablo (1 Co., 4, 5) que en aquel momento el Señor «aclarará aún las cosas escondidas en las tinieblas». Manifestará ante todos los hombres las culpas de los condenados, hasta las más secretas y vergonzosas que en la vida ocultaron ellos a los mismos confesores (Nah., 3, 5).

Los pecados de los elegidos no serán descubiertos, sino continuarán ocultos, según lo que dice David (Sal. 31, 1): Bienaventurados aquéllos cuyas iniquidades han sido perdonadas y cuyos pecados han sido encubiertos.
Y, por el contrario—dice San Basilio—, las culpas de los condenados serán vistas por todos de una sola ojeada, como si estuvieran representadas en un cuadro. Exclama Santo Tomás: «Si en el huerto de Getsemaní, al decir Jesús: Yo soy, cayeron en tierra todos los soldados que iban a tomarlo prisionero, ¿qué sucederá cuando, en su trono de Juez, diga a los condenados: Yo soy Aquel que tanto despreciaron?»

Al llegar la hora de la sentencia, Jesucristo dirá a los elegidos aquellas dulces palabras (Mt., 25, 34): Vengan, benditos de mi Padre; posean el reino que les he preparado desde el principio del mundo. Cuando San Francisco de Asís supo por revelación que estaba predestinado, sintió un enorme consuelo.
¿Qué consolación no sentirán los que oigan que el Juez les dice: «Vengan, hijos benditos, vengan a mi reino. No más trabajos ni temor. Conmigo estás y estarás eternamente. Bendigo las lágrimas que por tus pecados derramaste. Vamos a la gloria, donde unidos viviremos por toda la eternidad»?

La Virgen Santísima bendecirá a sus devotos y los invitará a entrar con Ella en el Cielo. Y así, los justos, entonando gozosos Aleluya, irán a la gloria celestial para poseer, alabar y amar a Dios eternamente.

Los condenados, al contrario, dirán a Jesucristo: «Y nosotros, desventurados, ¿qué vamos a hacer?» Y el Eterno Juez les responderá: «Ustedes, ya que despreciaron y rechazaron mi gracia, apártense de Mí, malditos; vayan al fuego eterno (Mt., 25, 41). Apártense de Mí, que no quiero ni verlos ni oirlos. Huyan, huyan, malditos, que menospreciaron mis bendiciones...» ¿Y adonde, Señor, irán estos desdichados?... Al fuego del infierno, para arder allí en cuerpo y alma... ¿Y por cuántos años o siglos?... Por toda la eternidad, mientras Dios sea Dios.

Después de la sentencia, dice San Efrén, los condenados se despedirán de los ángeles, de los Santos y de la Santísima Virgen, Madre de Dios. «¡Adiós, justos; adiós, cruz; adiós, gloria; adiós, padres e hijos; ya no vamos a vernos jamás! ¡Adiós, Madre de Dios, María Santísima!»
Y en medio de la tierra se abrirá una inmensa fosa, por donde, juntos y mezclados, se hundirán demonios y condenados. Los cuales verán cómo tras ellos se cierra aquella puerta que jamás volverá a abrirse... ¡Nunca en la eternidad!... ¡Oh maldito pecado! ¡A qué desdichado fin llevarás un día a tantas pobres almas!... ¡Oh almas desventuradas a quienes aguarda tan espantoso fin!


ORACIÓN

¡Ah Dios y Salvador mío! ¿Qué sentencia se me dará en el día del juicio? Si ahora me pidieras, Señor, cuenta de mi vida, ¿qué podría responder, sino que merezco mil infiernos? Así es, Redentor mío; mil infiernos merezco; pero debes saber que te amo más que a mí mismo, y que de las ofensas que te hice de tal modo me duelo, que preferiría haber padecido todos los males antes que haberte injuriado.
Tú, Jesús mío, condenas a los pecadores obstinados, pero no a los que se arrepienten y te quieren amar. Aquí estoy, a tus pies, arrepentido... Dime que me perdonas... Pero ya me lo dijiste a través de tu Profeta (Zc., 1, 3): Vuelve a Mí, y Yo me volveré a ti.Todo lo dejo, renuncio a todos los deleites y bienes del mundo y me conviene y me abrazo a Ti, amado Redentor mío.

Recíbeme en tu Corazón, e inflámame allí en tu amor santísimo, de tal manera que no piense jamás en apartarme de Ti..., Sálvame, Jesús mío, y sea mi salvación el amarte siempre y siempre alabar tus misericordias (Sal. 88).

María, esperanza, refugio y Madre mía, auxiliame y ayúdame a obtener la santa perseverancia. Nadie se ha perdido recurriendo a Ti... A Ti, pues, me encomiendo. Ten piedad de mí.

 

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