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Tu Muerte

Tu Muerte

Los malos hábitos

 

El hombre sin Dios, después de haber llegado a lo profundo de los pecados, no hace caso.
PR., 18, 3.

PUNTO 1
Una de las mayores desventuras que nos acarreó la culpa de Adán es nuestra propensión al pecado. De ello se lamentaba el Apóstol, al verse movido por la concupiscencia --significa Apetito y deseo de bienes materiales o placeres sexuales-- hacia el mismo mal que él aborrecía: «Veo otra ley en mis miembros que... me lleva cautivo a la ley del pecado» (Ro., 7, 23).

De aquí se deduce que para nosotros, infectos de tal concupiscencia y rodeados de tantos enemigos que nos mueven al mal, sea difícil llegar sin culpa a la gloria.

Una vez reconocida esta fragilidad que tenemos, te darás cuenta del riesgo que implica acercarse a situaciones en que sabemos podemos caer en tentación. Se asemeja a un turista que sabiendo que hay tormenta, y en un pais con bajas medidas de seguridad, igual comienza el viaje, y aún con exceso de equipaje... ¿Qué pronóstico harías sobre la vida de aquel turista y sus probabilidades de sobrevivir? También nosotros, en nuestro viaje terrenal, si un hombre de malos hábitos y costumbres, además se arriesga a ir a lugares de tentación, sólo logrará contraer enfermedades venereas, caer en pecado, y sentir dolor en su alma.

¿Qué va a sucederle si además consideramos los pecados habituales que cometemos todos? Difícil es que tales pecadores se salven, porque los malos hábitos ciegan el espíritu, endurecen el corazón y ocasionan probablemente queen la hora de la muerte sientan obstinación y así nunca se arrepientan.

Primero, el mal hábito nos ciega. ¿Por qué motivo los Santos siempre piden a Dios que los ilumine, y tenían miedo de convertirse en los más abominables pecadores del mundo? Porque sabían que si llegaban a perder la luz divina podrían cometer pecados horribles.

¿Y cómo tantos cristianos viven obstinadamente en pecado, hasta que sin remedio se condenan? Porque el pecado los ciega, y por eso se pierden (Sb., 2, 21). Cada vez que cometemos un pecado inventamos cien formas de justificarnos y así tranquilizar nuestra conciencia, lo cual nos enceguese. Y así es más fácil caer nuevamente en la misma tentación, y nuevamente nos justificamos. Hasta el punto de que después de repetir algunas veces el mismo pecado, ya nuestra conciencia ni se inmuta, aumentando la ceguera del pecador.

Dios es nuestra luz, y cuanto más se aleja el alma de Dios, tanto más ciega queda. Sus huesos se llenarán de vicios (Jb., 20, 11).

Así como en un vaso lleno de tierra no puede entrar la luz del sol, así no puede penetrar la luz divina en un corazón lleno de vicios. Por eso vemos con frecuencia que ciertos pecadores, sin luz que los guíe, andan de pecado en pecado, y no piensan siquiera en corregirse. Caídos esos infelices en agujero oscuro, como muertos en vida, sólo saben cometer pecados y hablar de pecados; ni piensan más que en pecar, ni saben qué tan grave es el pecado.

«La misma costumbre de pecar—dice San Agustín—no deja ver al pecador el mal que hace.» De manera que viven como si no creyesen que existe Dios, la gloria, el infierno y la eternidad.

Y sucede que ese mismo pecado que al principio le causaba horror, por efecto del mal hábito después ya no lo horroriza. «Ponlos como rueda y como paja delante del viento» (Sal. 82, 14). Mira, dijo San Juan, con qué facilidad se mueve una paja con cualquier suave brisa; pues también veremos a muchos que antes de caer resistían, a lo menos por algún tiempo, y combatían contra las tentaciones; pero después, contraído el mal hábito, caen al instante en cualquier tentación, en toda ocasión de pecar que se les ofrece. ¿Y por qué? Porque el mal hábito los privó de la luz.

Dice San Anselmo que el demonio trata a ciertos pecadores tal como esos hombres que domestican pájaros atándolos con cintas... lo dejan volar, pero cuando quiere lo trae de vuelta a la tierra. Así son, afirma el Santo, las personas a quienes los domina el mal hábito.

Y algunos, añade San Bernardino de Sena, pecan aún antes de ser tentados, sólo del hábito y costumbre que tienen. Son, como dice este gran Santo, semejantes a los molinos de viento, que cualquier aire los hace girar, y siguen volteando, aunque no haya grano que moler, y aún a veces cuando el molinero ni quisiera desea que se mova. Estos pecadores —observa San Juan Crisóstomo— van creando malos pensamientos sin ocasión, sin placer, casi contra su voluntad, tiranizados por la fuerza de la mala costumbre.
Porque, como dice San Agustín, el mal hábito se convierte pronto en una necesidad. La costumbre, según nota San Bernardo, se transforma en algo natural. De manera que, así como al hombre le es necesario respirar, así a los que habitualmente pecan y se hacen esclavos del demonio, no parece sino que les es necesario el pecar.

He dicho esclavos, porque los sirvientes trabajan por su salario; pero los esclavos sirven a la fuerza, sin paga alguna. Y a esto llegan algunos desdichados: a pecar sin placer ni deseo.

«El hombre que peca, después de haber llegado a lo profundo de los pecados, no hace caso» (Pr., 18, 3). San Juan Crisóstomo explica estas palabras refiriéndolas al pecador obstinado en los malos hábitos, que, hundido en aquella fosa por estar muerto en vida, desprecia la corrección, los sermones, las censuras, el infierno y hasta a Dios: lo menosprecia todo, y se hace semejante al buitre, que por no dejar el cadáver que está comiendo, prefiere que los cazadores le maten.

Cuenta el P. Recúpito que un condenado a muerte, yendo hacia la horca, alzó los ojos, y por haber mirado a una joven consintió en un mal pensamiento impuro. Y el P. Gisolfo cuenta que un blasfemo, también condenado a muerte, profirió una blasfemia en el mismo instante en que el verdugo lo arrojaba de la escalera para ahorcarle.

Con razón, pues, nos dice San Bernardo que de nada suele servir el rogar por los pecadores acostumbrados a pecar, sino que es mejor sólo compadecerlos como a condenados. ¿Sentirán deseos de salir de esa fosa en que están enterrados en vida, tan profunda que nadie le mira ni le ven? Se necesitaría un milagro de la gracia. Abrirán los ojos en el infierno, cuando el darse cuenta de su desdicha sólo va a servirles para llorar más amargamente su locura.

ORACIÓN

Señor y Dios mío, me has agraciado con tus beneficios, favoreciéndome más que a otros, y yo, en cambio, te colmé de ofensas, injuriándote más que todos... ¡Oh herido Corazón de mi Redentor!, que estuviste tan afligido y atormentado en la cruz, por la maldad de mis culpas: concédeme, por tus méritos, profundo conocimiento y dolor de mis pecados...
¡Ah Jesús mío! Lleno estoy de vicios; mas Tú eres omnipotente y bien puedes llenar mi alma de tu santo amor. En Ti, pues, confío, porque eres de la misma bondad y misericordia infinitas.
Me hace sentir dolor, Soberano Maestro, el haberte ofendido, y quisiera haber muerto antes de haber pecado. Me olvidé de Ti, pero Tú no me has olvidado; lo reconozco por la luz con que iluminas ahora mi alma. Y ya que me das esa luz divina, concédeme también fuerza para servirte fielmente. Resuelvo preferir la muerte antes que apartarme de Ti, y pongo en tu auxilio todas mis esperanzas. En Ti espero, Jesús mío, que no he de verme otra vez en la confusión de la culpa y privado de tu gracia.
A Ti también me encomiendo, ¡oh María, Señora nuestra!  Por tu intercesión confío, ¡oh esperanza nuestra!, que no me veré más en la enemistad de tu divino Hijo.

Ruégale que me envíe la muerte antes que permita esta desgracia.



PUNTO 2Tu Muerte
Además, los malos hábitos endurecen el corazón, permitiéndolo Dios justamente como castigo de la resistencia que se opone a sus llamados. Dice el Apóstol (Ro., 9, 18) que el Señor «tiene misericordia de quien quiere, y endurece al que quiere». San Agustín explica este texto, diciendo que Dios no endurece de un modo inmediato el corazón del que peca habitualmente, sino que le priva de la gracia como pena de la ingratitud y obstinación con que rechazó la que antes le había concedido; y en tal estado el corazón del pecador se endurece como si fuera de piedra.

«Su corazón se endurecerá como piedra, y se apretará como yunque de martillador» (Jb., 41, 15). De este modo sucede que mientras unos se enternecen y lloran al oír predicar el rigor del juicio divino, las penas de los condenados o la Pasión de Cristo, los pecadores de ese tipo ni siquiera se conmueven. Hablan y oyen hablar de ello con indiferencia, como si se tratara de cosas que no les importaran; y con este golpear de la mala costumbre, la conciencia se endurece cada vez más (Jb., 41, 15).

De manera que ni las muertes repentinas de sus conocidos, ni los terremotos, truenos y rayos, lograrán atemorizarlos y hacerles volver en sí; antes le llegará el sueño de su propia muerte, en que, perdidos, ya reposan. El mal hábito destruye poco a poco los remordimientos de conciencia, de tal modo, que, a los que habitualmente pecan, los más enormes pecados les parecen nada. Pierden, pecando, como dice San Jerónimo, hasta ese cierto rubor que el pecado lleva naturalmente consigo.

San Pedro los compara al cerdo que se revuelca en el fango (2 P., 2, 22), pues así como este inmundo animal no percibe el hedor del barro en que se revuelve, así aquellos pecadores son los únicos que no conocen la hediondez de sus culpas, que todos los demás hombres perciben y aborrecen. Y puesto que el fango les quitó hasta la facultad de ver, ¿qué maravilla es, dice San Bernardino, que no vuelvan en sí, ni aún cuando los azota la mano de Dios? De eso procede que, en vez de entristecerse por sus pecados, se alegran, se ríen y alardean de ellos (Pr., 2, 14).

¿Qué significan estas señales de tan diabólica dureza?, pregunta Santo Tomás de Villanueva. Señales son todas de condenación eterna. Teme, pues, hermano mío, que no te suceda lo mismo. Si tienes alguna mala costumbre, procura librarte de ella ahora que Dios te llama. Y mientras te remuerda la conciencia de dolor y arrepentimiento, alégrate, porque es indicio de que Dios no te ha abandonado todavía. Pero enmiéndate y apúrate en confesarte y pedir absolución, porque si no lo haces, la llaga se gangrenará y te verás perdido.

ORACIÓN

¿Cómo podré, Señor, agradecerte debidamente todas las gracias que me has concedido? ¡Cuántas veces me has llamado, y yo he resistido! Y en lugar de servirte y amarte por haberme librado del infierno y haberme buscado tan amorosamente, seguí provocando tu indignación y respondiendo con ofensas. No, Dios mío, no; ya te ofendido demasiado, no quiero ultrajar más tu paciencia. Sólo Tú, que eres Bondad infinita, has podido sufrir tanto por mí hasta ahora. Pero sé que, con justa razón, no podrás esperarme mucho más.
Perdóname, pues, Señor y Sumo Bien mío, todas las ofensas que te hice, de las cuales me arrepiento de todo corazón, proponiendo no volver a injuriarte... ¿Acaso voy a seguir ofendiéndote siempre?...

Aplaca tu ira, Dios de mi alma, no por mis méritos, que sólo valen para castigo eterno, sino por los de tu Hijo y Redentor mío, en los cuales cifro mi esperanza.
Por amor de Jesucristo, recíbeme en tu gracia y dame la perseverancia en tu amor. Liberame de los deseos impuros y atraeme por completo a Ti. Te amo, Soberano Señor, amante loco por todas las almas, digno de infinito amor... ¡ Oh, si te hubiera amado siempre!...

María, Madre nuestra, haz que no emplee la vida que me queda en ofender a tu divino Hijo, sino en amarle y en llorar los pecados que he cometido.



PUNTO 3
Perdida la luz que nos guía, y endurecido además el corazón, ¿a quién sorprenderá que el pecador tenga mal fin y muera obstinado en sus culpas? (Ecl., 3, 27).

Los justos andan por el camino recto (ls., 26, 7), y, al contrario, los que pecan habitualmente caminan siempre por senderos oscuros. Si. se apartan del pecado por un poco de tiempo, vuelven a recaer fácilmente; por lo cual San Bernardo les anuncia la condenación.

Seguramente alguno de ellos deseará enmendarse antes que le llegue la muerte. Pero en eso se cifra precisamente la dificultad: en que el habituado a pecar se enmiende aun cuando llegue a la vejez. «El jóven, según tomó su camino—dice el Espíritu Santo (Pr.t 22, 6)—, aún cuando llegue a su vejez, no se apartará de él.» Y la razón de esto —dice Santo Tomás de Villanueva—consiste en que nuestras fuerzas son harto débiles, y, por lo tanto, el alma privada de la gracia no puede permanecer sin cometer nuevos pecados.

Y, además, ¿no sería una enorme locura que nos propusiéramos jugar un juego de azar y así voluntariamente perder todo lo que poseemos, esperando que más adelante con otro juego ganemos la partida? Así mismo no es menos absurdo el que vive en pecado y espera que en el último instante de la vida lo remediará todo. No podrá llevar vida virtuosa el que tiene hábitos perversos y arraigados (Jer., 13, 23), sino que al fin se entregará a la desesperación y acabará desastrosamente sus días (Pr., 28, 14).

Comentando San Gregorio aquel texto del libro de Job (16, 15): «Me lastimó con herida sobre herida; se arrojó sobre mí como gigante», dice: Si alguno se ve asaltado por enemigos, después de recibir una herida todavía tendrá capacidad de defenderse; pero si le hieren otra vez y más veces, va perdiendo las fuerzas, hasta que, finalmente, queda muerto. Así obra el pecado. En la primera, en la segunda vez, deja alguna fuerza al pecador (siempre por medio de la gracia que le asiste); pero si continúa pecando, el pecado se conviene en gigante; mientras que el pecador, al contrario, cada vez más débil y con tantas heridas, ya no puede evitar la muerte.

Compara Jeremías (Lm., 33, 53) el pecado con una gran piedra que oprime el espíritu; y tan difícil—añade San Bernardo—es convertirse a quien tiene hábito de pecar, como al hombre sepultado bajo muchas y grandes rocas, y cuando ya le faltan fuerzas para moverlas, se ve abrumado por el peso.

¿Estoy, pues, condenado y sin esperanza?..., preguntará tal vez alguno de estos infelices pecadores. No, todavía no, si de veras quieres enmendarte. Pero los males gravísimos requieren remedios heroicos. Como un enfermo en peligro de muerte, pero aún con un mínimo de esperanzas si acepta una larga operación y tratamiento. ¿Qué responderá el enfermo? «Me hallo dispuesto a tener la operación y a obedecer en todo durante el tratamiento... ¡Se trata de la vida!» Pues lo mismo, hermano mío, debes hacer tú. Si incurres habitualmente en cualquier pecado, estás enfermo, y de aquel mal que, como dice Santo Tomás de Villanueva, rara vez alguien se cura. En gran peligro te hallas de condenarte.
Si quieres, sin embargo, sanar, he aquí el remedio. No debes de quedarte esperando un milagro de la gracia en tu último minuto de vida, sino que debes resueltamente esforzarte en dejar las ocasiones peligrosas, huir de las malas compañías y resistir a las tentaciones, encomendándote a Dios.

Importante es confesarte a menudo, tener cada día una lectura espiritual y entregarte a la devoción de la Virgen Santísima, rogándole continuamente que te ayude a obtener fuerzas para no recaer.

Los hombres debemos aprender a controlar nuestros cuerpos y pensamientos, y debemos aprender a dejar que Dios controle nuestros corazones y nuestras almas.

Controla tus pensamientos, deseos, miradas. Y cada vez que tengas un pensamiento, deseo o mirada que sea anterior a tu pecado habitual, reemplaza de inmediato ese pensamiento, deseo o mirada por uno nuevo y santo: imagina en tu mente a Jesús en su Cruz, y bésale los pies y sus llagas.

Es necesario quebrar el ciclo de tu pecado habitual en su inicio. De lo contrario, te sucederá la amenaza del Señor: Moriréis en tu pecado (Jn., 8, 21). Y si no pones remedio ahora, cuando Dios te ilumina, difícilmente podrás remediarlo más tarde.

Escucha al Señor Jesús, que te dice como a Lázaro: Sal afuera. ¡Pobre pecador ya muerto! Sal del sepulcro de tu mala vida. Responde pronto, apúrate y entrégate a Dios, con miedo de que no sea éste su último llamado.


ORACIÓN

¡Ah Dios mío! ¿He de aguardar a que me abandones y envíes al infierno? ¡Oh Señor! Espérame, que hoy mismo me propongo cambiar de vida y entregarme a Ti. Dime qué debo hacer, pues quiero hacerlo ya... ¡Sangre de Jesucristo, ayúdame! ¡Virgen María, abogada de pecadores, socórreme! ¡Y Tú, Eterno Padre, por los méritos de Jesús y María, ten misericordia de mí!

Me arrepiento, ¡oh Dios infinitamente bueno!, de haberte ofendido, y te amo sobre todas las cosas. Perdóname, por amor de Cristo, y concédeme el don de tu amor, y también el don de sentir temor de mi condenación eterna, si volviera a ofenderte.
Dame, Dios mío, luz y fuerzas, que todo lo espero de tu misericordia. Ya que tantas gracias me otorgaste cuando viví alejado de Ti, muchas más espero ahora, cuando a Ti acudo resuelto a que seas mi único amor. Te amo, Dios mío, mi vida y mi todo.

Te amo a Ti también, Madre nuestra María; en tus manos encomiendo mi alma para que con tu intercesión la preserves de que vuelva a caer en desgracia de Dios.

 

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