Indice Información Contáctenos
Mi Muerte Morir Vivir
Tu Muerte Vida Despues de la Muerte Vida Despues de la Vida
   
Share |
  Tu Muerte
 

Tu Muerte

Tu Muerte

Vida infeliz de pecadores y vida dichosa del que ama a Dios

 

No hay paz para los pecadores, dice el Señor. ls., 48, 22.
Mucha paz para los que aman tu ley. Sal. 118. 165.

PUNTO 1
Se preocupan y esmeran todos los hombres en esta vida por hallar la paz. Todos trabajan pensando que encontrarán la paz, trabajan para ganar dinero y así poder comprar la casa, tener vacaciones, invitar a comer a los amigos, mantener feliz a la familia, buena educación, y así todos tendrán paz. El dueño de un negocio busca lograr la máxima venta con precios justos para sus productos, el soldado busca defender las fronteras, el abogado busca lograr acuerdos entre los que tienen disputas.
Pero, ¡ah, pobres gentes del mundo, que buscas en el mundo la paz que no puede darte! Sólo Dios puede dárnosla. Da, Señor, a tus siervos—dice la Iglesia en sus oraciones—aquella paz que el mundo no puede dar.
No, no puede el mundo, con todos sus bienes, satisfacer el corazón del hombre, porque el hombre no fue creado para estos bienes, sino únicamente para Dios; de manera que sólo en Dios puede hallar felicidad y reposo.

Tanta gente, con muchas cosas materiales, se suicidan de infelicidad. El ser irracional, creado para la vida de los sentidos, busca y encuentra la paz en los bienes de la tierra. Dale a un caballo un poco de hierba; dale a un perro un trozo de carne, y quedarán contentos, y no desearán otra cosa. Pero el alma, creada para amar a Dios y unirse a Él, no halla su paz en los deleites sensuales; únicamente Dios puede hacerla plenamente dichosa.

El hombre que no tiene a Dios, pero que duerme en el mejor colchón, en una casa con la mejor calefacción, con acceso a la mejor tecnología, aún así, sin Dios, nunca tendrá paz.

Aquel rico de que habla San Lucas (12, 19) había recogido de sus campos una cosecha muy fértil, y se decía a si mismo: «Alma mía, es tanto lo que tengo que incluso me alcanza para comer, beber y descansar por muchos años sin tener que trabajar; descansa, come, bebe...» Pero este infeliz rico fue llamado loco, y con mucha razón, dice San Basilio. «¡Desgraciado!—exclamó el Santo—. ¿Acaso tienes el alma de un cerdo, o de otra bestia, y pretendes contentarla con beber y comer, con los deleites sensuales ?»

El hombre, escribe San Bernardo, podrá hartarse, pero no puede satisfacerse con los bienes del mundo. El mismo Santo, comentando aquel texto del Evangelio (Mi., 19, 27): «Bien ves que lo abandonamos todo», dice que ha visto muchos locos con diversas locuras. Todos—añade—tenían un hambre devoradora; unas personas comían tierra, emblema de los avaros; otras personas comían aire, figura de los vanidosos; otras personas, alrededor de una fogata, atizaban las fugaces llamas, representación de los que se irritan con facilidad; por último. había personas a orillas de un lago fétigo con aguas sucias, y ahí bebían de sus corrompidas aguas. Y dirigiéndose después a todos, les dice el Santo: «¿No ves, insensato, que todo eso que comen y beben, te da más hambre y más sed, en vez de quitártela?»

Los bienes del mundo son ilusiones, y por eso no pueden satisfacer el corazón del hombre (Ag., 1, 6); así, el avaro, cuanto más atesora, más quiere atesorar, dice San Agustín. El deshonesto, cuanto más engaños hace, más quiere cometer delitos, mayor amargura y, a la vez, más terribles deseos siente, ¿y cómo podrá aquietarse su corazón con la inmundicia sensual?

Lo mismo le sucede al ambicioso, ídolo de nuestra sociedad capitalista, persona que triunfa en los estudios y luego en los negocios llevado por sus deseos de éxito y fama. Aspira a saciarse con el humo sutil de las vanidades, poder y riquezas; porque el ambicioso pone toda su atención en lo que quiere, en lo que todavía no tiene, antes de fijarse en lo que ya posee. Alejandro Magno, después de haber conquistado tantos reinos, se lamentaba por no haber adquirido el dominio de otras naciones todavía no conquistadas.

Si los bienes terrenos bastaran para satisfacer al hombre, los ricos y los monarcas serían plenamente felices; pero la experiencia demuestra lo contrario. Lo afirma Salomón (Ecl., 2, 10), que asegura que durante su vida no había negado nada a sus deseos, y, así y todo, exclama (Ecl., 1, 2): «Vanidad de vanidades, y todo es vanidad»; es decir, cuanto hay en el mundo es mera vanidad, mentira, locura...

ORACIÓN

¿Qué me han dejado, Dios mío, las ofensas que te hice, sino amarguras y penas y méritos para el infierno? El dolor que por ello siento no me abruma, sino más bien me consuela y alivia, porque es un don de tu gracia, que va unido a la esperanza de que me vas a perdonar. Lo que me aflige es lo mucho que te he injuriado a Ti, Redentor mío, que tanto me amaste. Yo merecía, Señor, que del todo me abandonaras; pero, lejos de eso, veo que me ofreces perdón y que eres el primero en procurar la paz. Sí, Jesús mío, paz deseo contigo y con tu gracia más que todas las cosas.
Me duele, ¡oh Bondad infinita!, por haberte ofendido, y quisiera morir de pura contrición. Por el amor que me tuviste muriendo por mí en la cruz, perdóname y acógeme en tu corazón, transformando el mío de tal modo, que por todo lo que te ofendí en el pasado, tanto te agrade en el futuro. Renuncio por tu amor a todos los placeres que el mundo pudiera darme, y resuelvo perder antes la vida que tu gracia. Dime qué quieres que haga para servirte, que yo deseo empezar ya a servirte.
Nada de placeres, nada de honores, nada de riquezas; sólo deseo servirte como un esclavo, que no merezco paga alguna. A Ti te amo, Dios mío, mi gozo, mi gloria, mi tesoro, mi vida, mi amor y mi todo. Dame, Señor, todo tu apoyo para serte fiel, y el don de tu amor, y haz de mí lo que te agrade.
María, Madre y esperanza nuestra después de nuestro Señor Jesucristo, acógeme bajo tu protección y haz que yo sea plenamente de Dios.



PUNTO 2Tu Muerte
Además—dice Salomón (Ecl., 1, 14)—, que los bienes del mundo no solamente son vanidades que no satisfacen el alma, sino además penas que la afligen. Los desdichados pecadores pretenden ser felices con sus culpas, pero no consiguen más que amarguras y remordimientos (Sal. 13, 3). Nada de paz ni descanso. Dios nos dice (Is., 48, 22): «No hay paz para los pecadores.»
Primero, el pecado lleva consigo el temor profundo de la venganza divina; pues así como el que tiene un poderoso enemigo no descansa ni vive con quietud, ¿cómo podrá el enemigo de Dios reposar en paz? «Espanto para los que actúan mal es el camino del Señor» (Pr., 10, 29).

Cuando hay un terremoto o grandes tormentas, ¡cómo teme el que se halla en pecado! «El sonido del terror amedrenta siempre sus oídos» (Jb., 15, 21). Huye sin ver quien le persigue (Pr., 28, 1). Porque su propio pecado corre detrás de él. Mató Caín a su hermano Abel, y exclamaba luego: «Cualquiera que me pille me matará» (Gn., 4, 14). Y aunque el Señor le aseguró que nadie lo dañaría (Gn., 4, 15), Caín—dice la Escritura (Gn., 4, 16)—anduvo siempre fugitivo y errante. ¿Quién perseguía a Caín, sino su pecado?

La culpa además, siempre va unida al remordimiento, ese gusano roedor que jamás reposa en nuestra conciencia. Acude el pobre pecador a banquetes, fiestas o espectáculos, pero la voz de la conciencia sigue diciéndole: Estás en desgracia de Dios; si murieras, ¿a dónde irás? Es pena tan angustiosa el remordimiento, aun en esta vida, que algunos desventurados, para librarse de él, se dan a sí mismos la muerte.

Tal fue el caso de Judas, que, como es sabido, se ahorcó, desesperado. Y se cuenta de otro criminal que, habiendo asesinado a un niño, tuvo tan horribles remordimientos, que para acallarlos se hizo religioso; pero ni aun en el claustro halló la paz, y corrió ante el juez a confesar su delito, por el cual fue condenado a muerte.

¿Qué es un alma privada de Dios?... Un mar tempestuoso, dice el Espíritu Santo (Is., 57, 20). Si alguno fuera llevado a una fiesta, baile o concierto, y le ataran las manos y los pies, ¿podría disfrutar de aquella diversión? Pues parecido es lo que le pasa al hombre que posee bienes en este mundo, sin poseer a Dios. Podrá beber, comer, bailar, vestir a la moda, recibir honores, obtener altos cargos y dignidades, pero no tendrá paz. Porque la paz sólo de Dios se obtiene, y Dios la da a los que le aman, no a sus enemigos.

Los bienes de este mundo—dice San Vicente Ferrer— están fuera del cuerpo, no entran en el corazón. Mucha gente que no respeta a Dios se viste con ropas lujosas, grandes anillos de diamantes, comen en los mejores lugares, viajan a los mejores y más lujosos hoteles; pero su pobre corazón se mantendrá colmado de dudas y penas. Y así, verás que entre tantas riquezas, placeres y diversiones vive siempre inquieto, y que por el menor obstáculo se impacienta y enfurece como perro con rabia.

El que ama a Dios halla paz y consuelo, porque cuando llegan dificultades y tiempos adversos, acepta con tranquilidad la voluntad divina. Pero esto no lo puede hacer el que es enemigo de la voluntad de Dios; y por eso no puede controlarse y calmarse.

Sirve el desventurado al demonio, tirano cruel, que promete y no cumple, que le paga con más dolores y sufrimientos. Así se cumplen siempre las palabras del Señor, que dijo (Dt., 28, 47-48): «Porque no serviste con gozo al Señor tu Dios, servirás a tu enemigo con hambre y con sed, y con desnudez, y con todo género de penuria.» ¡Sufre de mucha amargura el hombre vengativo después de haberse vengado! ¡Sufre mucho el hombre deshonesto, aún en secreto, cada vez que realiza sus estafas y engaños! ¡Sufre mucho el hombre ambicioso y el hombre avaro, por el mal que causa a quien cobra de más y a quien paga de menos!... ¡Oh cuántos serían santos si sufrieran por amor a Dios lo mismo que sufren por sus pecados!


ORACIÓN

iOh tiempo que perdí!... Señor, si te hubiera ofrecido mis sufrimientos del pasado, si por amor a Ti y por servirte hubiera trabajado todo lo que trabajé, ¡cuántos méritos para la gloria tendría ahora reunidos! ¡Ah Dios mío! ¿Por qué te abandoné y perdí tu gracia?...
Por placeres breves y envenenados que, apenas disfrutados, desaparecieron y me dejaron el corazón lleno de heridas y de angustias... ¡Ah pecados míos!, los maldigo y detesto mil veces; así como bendigo tu misericordia, Señor, que con tanta paciencia has sufrido mientras me esperabas.

Te amo, Creador y Redentor mío, que diste la vida por mí. Y porque te amo, me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido... Dios mío, Dios mío, ¿por qué te perdí? ¿Por qué cosas te dejé? Ahora comprendo cuán mal he actuado, y propongo perderlo todo, hasta la misma vida, antes que perder tu amor.

Ilumíname, Padre Eterno, por amor a Jesucristo. Dame a conocer el bien infinito, que eres Tú, y lo dañino que pueden ser los bienes materiales que me ofrece el demonio para lograr que yo pierda tu gracia. Te amo, y deseo de corazón amarte más. Haz que Tú seas mi único pensamiento, mi único deseo, mi único amor. Todo lo espero de tu bondad, por los méritos de tu Hijo...
María, Madre nuestra, por el amor que a Jesucristo profesas, te ruego me ayudes a obtener luz y fuerza para servirle y amarle hasta la muerte.



PUNTO 3
Ya que todos los bienes y deleites del mundo no pueden satisfacer el corazón del hombre, ¿quién podrá ponerlo contento?.. Sólo Dios (Sal. 36, 4). El corazón humano siempre está buscando bienes que le satisfagan. Logra conseguir riquezas, honores y placeres, y no se satisface, porque todos estos bienes son finitos, y los seres humanos hemos sido creados para el bien infinito. Pero si encuentra y se une a Dios, se tranquiliza y alegra y no desea ninguna otra cosa.

San Agustín, en su juventud, mientras se mantuvo en la vida sensual, jamás halló paz; pero cuando se entregó a Dios, confesaba y decía al Señor: «Ahora sí que sé, ¡oh Dios!, que todo es dolor y vanidad, y que sólo en Ti está la verdadera paz del alma.» Y así, maestro por experiencia propia, escribía: «¿Qué buscas, hombre/mujer, buscando cosas materiales?... Busca a Dios, el único Bien, en el cual se encierran todos los demás» (Sal. 41, 3).

El rey David, después de haber pecado, iba a cazar a sus jardines, tenía grandes banquetes, y todos los placeres de un monarca. Pero cada vez que trataba de disfrutar y de entretenerse, sentía a su modo que le decían: «David, ¿quieres hallar en nosotros paz y contento? Nosotros no podemos satisfacerte... Busca a tu Dios (Sal. 41, 3), que únicamente Él te puede satisfacer.» Y por eso David gemía en medio de sus placeres, y exclamaba: «Mis lágrimas me han servido de pan día y noche, mientras se me dice todos los días: ¿en dónde está tu Dios?»

Y, muy por el contrario, ¡cómo sabe Dios alegrar a las almas fieles que le aman! San Francisco de Asís, que todo lo había dejado por Dios, se encontraba un día descalzo, medio muerto de frío y de hambre, cubierto de andrajos, pero con sólo decir : «Mi Dios y mi todo», sentía un gozo inexplicable y celestial.

San Francisco de Borja, en sus viajes de religioso, tuvo que acostarse muchas veces en un montón de paja, y experimentaba un consuelo tan grande, que le quitaba el sueño. De igual manera, San Felipe Neri, sin nada material y libre de todas las cosas, no lograba reposar por los consuelos que Dios le daba, de tal manera que decía el Santo: «Jesús mío, déjame descansar.»

El Padre jesuita Carlos de Lorena, de la casa de los príncipes de Lorena, a veces bailaba de alegría al verse en su pobre habitación. San Francisco Javier, en sus trabajos apostólicos de la India, se descubría el pecho, exclamando: «Basta, Señor, no más consuelo, que mi corazón no puede soportar tanto amor.» Santa Teresa decía que da mayor alegría una gota de consolación celestial que todos los placeres y entretenciones del mundo.

Y en verdad, no pueden faltar las promesas del Señor, que ofreció dar, aún en esta vida, a los que dejen por su amor los bienes de la tierra, el ciento por uno de paz y de alegría (Mt., 19, 29).

¿Qué estamos entonces buscando? Busquemos a Jesucristo, que nos llama y dice (Mt., 11, 28): «Venid a Mí todos los que están cansados de trabajar y abrumados, y Yo los aliviaré.» El alma que ama a Dios encuentra esa paz que excede a todos los placeres y satisfacciones que el mundo y los sentidos pueden darnos (Fil., 4, 7).

Es verdad que en esta vida aún los Santos padecen dolores y sufrimientos; porque la tierra, este planeta, es un lugar creado para nuestra felicidad, pero felicidad que no se puede obtener sin sufrir. Pero, como dice San Buenaventura, el amor divino es semejante a la miel, que hace dulces y queridas las cosas más amargas. Quien ama a Dios, ama la voluntad divina, y por eso goza espiritualmente en las pruebas y dificultades que nos manda a diario Dios, porque abrazándolas sabe que agrada y complace al Señor...

¡Oh Dios mío! Los pecadores menosprecian la vida espiritual sin haberla probado. Solo se fijan, dice San Bernardo, en las mortificaciones que sufren los amantes de Dios y en los deleites de que se privan estos Santos; pero no ven las delicias espirituales con que el Señor los regala y acaricia. ¡Oh, si los pecadores gustaran la paz de que disfruta el alma que sólo ama a Dios! Disfrusta y fíjate—dice David (Sal. 33, 9)—cuán suave es el Señor.

Comienza, pues, hermano mío, a hacer la meditación diaria, a comulgar con frecuencia, a visitar devotamente el Santísimo Sacramento; comienza a dejar el mundo y a entregarte a Dios, y verás cómo el Señor te da, en el poco tiempo que le consagres, consuelos mayores que los que el mundo te dió con todos sus placeres. Prueba y verás por tí mismo. El que no lo prueba no puede comprender cómo Dios alegra a un alma que le ama.

ORACIÓN

¡Oh amadísimo Redentor mío, cuan ciego fui al apartarme de Ti, Sumo Bien y fuente de todo consuelo, y entregarme a los pobres placeres del mundo! Mi ceguera me asombra; pero aún más me asombra tu misericordia, que con tanta bondad me esperas sufriendo.
Te agradezco con todo mi corazón que me hayas hecho conocer mi demencia y el deber que tengo de amarte todavía más. Aumenta en mí el deseo y el amor. Haz, ¡oh Señor infinitamente amable!, que, enamorado yo de Ti, comprenda cómo no has omitido nada para que yo te ame, y para mostrarme cuánto anhelas mi amor. Si quieres, puedes purificarme (Mt., 8, 2).
Purifica, pues, mi corazón, adorado Redentor mío; purifícalo de tanto cariño desordenado que impide te ame como quisiera amarte. No alcanzan mis fuerzas a conseguir que mi corazón se una solamente a Ti, y a Ti sólo ame.
Debe de ser un Don de tu gracia, que logra todo lo que quiere. Líbrame de todo afecto que yo tenga a las cosas materiales y de este mundo; arranca de mi alma todo lo que no me encamine a Ti, y haz que mi alma sea tuya por completo, porque tuya es.

Me arrepiento de todas las ofensas que te hice, y propongo consagrar a tu santo amor la vida que me quede. Pero Tú lo tienes que hacer realidad. Hazlo por la Sangre que derramaste para mi bien con tanto amor y dolor. Sea gloria de tu omnipotencia hacer que mi corazón, antes cautivo de afectos terrenales, arda desde ahora en amor a Ti, ¡oh Bien infinito!...
¡Madre del Amor hermoso!, ayúdame con tus súplicas para que mi alma se queme de amor, al igual que la tuya, en caridad para con Dios.

 

  Tu Muerte
Tu Muerte Del inefable bien de la gracia divina y del gran mal de la enemistad con Dios
Tu Muerte Locura del pecador
Tu Muerte Vida infeliz de pecadores y vida dichosa del que ama a Dios
Tu Muerte Los malos hábitos
Tu Muerte Engaños que el enemigo sugiere al pecador
Tu Muerte Del juicio particular