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Tu Muerte

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Locura del pecador

 

La sabiduría de este mundo, locura es delante de Dios.
1 cor. 3, 19.

PUNTO 1
El Santo Maestro Juan de Avila decía que en el mundo debiera haber dos grandes cárceles: una para los que no tienen fe, y otra para los que, teniéndola, viven en pecado y alejados de Dios. A estos cristianos, añadía, más que cárcel les convendría la casa de locos. Pero la mayor desdicha de estos miserables consiste en que, con ser los más ciegos e insensatos del mundo, se tienen por sabios y prudentes. Y lo peor es que su número es grandísimo (Ecl., 1, 15).

Hay quien enloquece por los honores que recibe; otros, por los placeres; y varios más, por las tonterías de la tierra. Y más encima se atreven a tener por locos a los Santos, que menospreciaron los vanos bienes del mundo para conquistar la salvación eterna y el Sumo Bien, que es Dios. Estos cristianos llaman locura el abrazar los desprecios y perdonar las ofensas; locura el privarse de los placeres sensuales y preferir la mortificación; locura renunciar a los honores y riquezas y amar la soledad, la vida humilde y escondida. Pero no advierten que a esa su sabiduría mundana la llama Dios necedad (1 Co., 3, 19): «La sabiduría de este mundo locura es ante Dios.»
¡ Ah!... Algún día confesarán y reconocerán su demencia ... ¿Cuándo? Cuando ya no haya remedio posible y tengan que exclamar, desesperados: «¡Infelices de nosotros, que llamábamos locura la vida de los Santos! Ahora comprendemos que los locos fuimos nosotros. ¡Ellos ya están en el dichoso número de los hijos de Dios y comparten la suerte de los bienaventurados, que les durará eternamente y los hará por siempre felices. .., mientras que nosotros somos esclavos del demonio y estamos condenados a arder en esta cárcel de tormentos por toda la eternidad!... ¡ Nos engañamos, pues, por haber querido cerrar los ojos a la luz divina (Sb., 5, 6), y nuestra mayor desventura es que el error no tiene ni tendrá remedio mientras Dios sea Dios! »
¡Qué inmensa locura es, por tanto, perder la gracia de Dios a cambio de un poco de humo que se desvanece rápido, o de un breve deleite sensual!... ¿Qué no hace un empleado para alcanzar la gracia de su jefe y del gerente?...
Y, ¡oh Dios mío!, por una satisfacción tan vil perder el Sumo Bien, perder la gloria, perder también la paz de esta vida, haciendo que el pecado reine en el alma y la atormente con sus perdurables remordimientos... ¡Perderlo todo, y condenarse voluntariamente a desventura interminable!...
¿Te entregarías a aquel placer ilícito si supieras que luego te van a quemar una mano o encerrarte por un año en una tumba tan solo por haberlo hecho? ¿Cometerías tal pecado si, al cometerle, perdieras un hijo? Y, así y todo, tienes fe y crees que pecando perderás el Cielo, perderás a Dios y serás condenado al fuego eterno... ¿Cómo te atreves a pecar?

ORACIÓN

¡Oh Dios de mi alma!... ¿Qué sería de mí ahora si no hubieras tenido tanta misedicordia? Me hallaría en el infierno, donde están los insensatos cuyas huellas seguí. Gracias te doy, Señor, y te suplico no me abandones en mi ceguera. Bien lo merecía, pero veo que aún tu gracia no me ha abandonado.
Oigo que amorosamente me llamas y me invitas a que te pida perdón y espere de Ti los más altos dones, a pesar de las graves ofensas que te hice. Sí, Salvador mío; espero que me acogerás como a un hijo tuyo. No soy digno de que me llames hijo, porque te ultrajé descaradamente (Lc., 15, 21). Pero ya sé que te complace buscar la oveja perdida y abrazar a los hijos extraviados.

¡Padre mío amadísimo, me arrepiento de haberte ofendido; a tu pies me postro y los abrazo, y no me levantaré si no me perdonas y me bendices! (Gn., 32, 26). Bendíceme, Padre mío, y con tu bendición dame dolor por mis pecados y un amor ferviente a Ti. Te amo, Padre mío, con todo mi corazón. ¡ No permitas que vuelva a alejarme de Ti! Quítame todas las cosas si lo deseas, pero no me quites nunca tu amor.

¡Oh María, siendo Dios mi Padre, Madre mía eres Tú! Bendíceme también, y ya que no merezco ser hijo, recíbeme como tu siervo; pero haz que sea un siervo tal, que te ame siempre con inmensa ternura y siempre confíe en tu protección.



PUNTO 2Tu Muerte
¡Infortunados pecadores! Se afanan y hacen esfuerzos inmensos en adquirir tecnologías, teléfonos carísimos, computadores, televisores gigantes, y cosas de la ciencia mundana, que al par de años ya pasaron de moda, y en poco tiempo se destruyen en basuriales, y olvidan los bienes de la otra vida que son bienes eternos y que no se acaban jamás.

Los bienes tecnológicos si bien son útiles, no siempre son necesarios.No te basta con tener un teléfono móvil que por cierto es útil, sino que te afanas por comprar el último módelo, con inteDe esta forma pierden el juicio, que no solamente son locos, sino que se reducen a la condición de brutos; porque viviendo como irracionales, sin considerar lo que es el bien ni el mal, siguen solamente al instinto de las afecciones sensuales, se entregan a lo que inmediatamente agrada a la carne y hacen caso omiso a la pérdida y eterna ruina que se acarrean. Esto no es proceder como hombre, sino como bestia.

«Llamamos hombre—dice San Juan Crisóstomo—a aquel que conserva la imagen esencial del ser humano.» Pero ¿cuál es esa imagen? El ser racional. Ser hombre es, por consiguiente, ser racional. Significa actuar con uso de la razón, no según el apetito sensitivo. Si Dios diera a una bestia el uso de razón y esa bestia actuara conforme a la razón, diríamos que se desenvuelve como hombre. Y, por el contrario, cuando el hombre actúa de acuerdo a los sentidos, contra la razón, debe decirse que actúa como bestia.

«¡Ah, si tuvieran sabiduría e inteligencia y previeran las implicancias!» (Dt., 32, 29). El hombre que se guía en su actuar razonablemente prevé lo futuro, es decir, lo que va a ocurrirle al fin de la vida: la muerte, el juicio y, después, el infierno o la gloria. ¡Cuánto más sabio es un vagabundo que se salva que un millonario que se condena! «Mejor es un joven pobre y sabio, que un rey viejo y necio que no sabe prever lo que va a suceder» (Ecl., 4, 13).

¡Oh Dios! ¿No tendríamos por loco a una persona que apostara su casa y toda su fortuna arriesgando todo en un juego donde el premio fuera algo pequeño y sin valor? Pues el que a cambio de un breve placer pierde su alma y se pone en peligro de perderla para siempre, ¿no ha ser tenido por loco? Esa es la causa de que se condenen muchísimas almas, poner empeño no más que en los bienes y males presentes y no pensar en los eternos.
Dios no nos ha puesto en la tierra para que nos hagamos ricos ni para que busquemos honores o satisfagamos los sentidos, sino para que nos procuremos la vida eterna (Ro., 6, 22). Y el alcanzar tal fin sólo le interesa a cada uno de nosotros. Una sola cosa es necesaria (Lc., 10, 42).

Pero los pecadores desprecian este fin, y pensando solamente en la presente vida, caminan hacia el término de la vida, se van acercando a la eternidad y no saben a dónde se dirigen. «¿Qué dirías a un piloto—dice San Agustín—a quien le preguntas a dónde va, y te responde que no lo sabe? Todos dirían que lleva la nave a su perdición.» «Así tal cual son—añade el Santo—esos sabios del mundo que saben ganar dinero, hacer negocios, darse placeres, conseguir altos cargos, y no aciertan a salvar sus almas.»

Un hombre sabio del mundo fue Alejandro Magno, que conquistó muchísimos reinos y tuvo el Imperio más grande que jamás haya existido; pero al poco tiempo murió. Sabio fue el Epulón, que supo enriquecerse; pero murió y fue sepultado en el infierno (Lc., 16, 22). Sabio de ese modo fue Enrique VIII, que acertó a mantenerse en el trono, a pesar de su rebelión contra la Iglesia. Pero al fin de sus días reconoció que había perdido su alma, y exclamó: ¡Todo lo hemos perdido! ¡Cuántos desventurados gimen ahora en el infierno! 

¡Mira—dicen—cómo todos los bienes del mundo pasaron para nosotros como una sombra, y ya no nos quedan más que dolor perdurable y llanto eterno! (Sb., 5, 8).

«Frente al hombre, la vida y la muerte; lo que le plazca, le será dado» (Ecl., 15, 18). ¡Oh cristiano! Delante de ti se hallan la vida y la muerte, es decir, la privación voluntaria de las cosas ilícitas para ganar la vida eterna, o el entregarte a ellas y a la muerte eterna... ¿Qué dices? ¿Qué escoges?... Procede como hombre, no como bruto. Elige como cristiano que tiene fe y dice: «¿Qué tanto gana el hombre si ganara todo el mundo y perdiera su alma?» (Mt., 16, 26).

ORACIÓN

¡Oh Dios mío! Me diste la razón, la luz de la fe, y así y todo he actuado como un irracional, cambiando tu gracia divina por los dañinos placeres mundanos, que se disiparon como el humo, dejándome sólo remordimientos de conciencia y deudas con tu justicia!

¡Ah Señor, no me juzgues según lo que merezco (Salmo 142, 2), sino según tu misericordia!

Ilumíname, Dios mío; dame dolor de mis pecados y perdónamelos. Soy la oveja extraviada, y si no me buscas, perdido quedaré (Sal. 118, 176).

Ten piedad de mí, por la Sangre preciosa que por mi amor derramaste. Me duele todo mi ser, ¡oh Sumo Bien mío!, por haberte abandonado y por haber voluntariamente renunciado a tu gracia. Quisiera morir de dolor; aumenta Tú mi contrición profunda, y haz que vaya al Cielo y ensalce allí tu infinita misericordia...
Madre nuestra María, mi refugio y mi esperanza, ruega por mí a Jesús; pídele que me perdone y que me conceda la santa perseverancia.



PUNTO 3
Recordemos bien de que el verdadero sabio es el que sabe alcanzar la gracia divina y la gloria, y roguemos al Señor nos conceda la ciencia de los Santos, que Él la da a cuantos se la piden (Sb., 10, 10). ¡Qué hermosísima ciencia la de saber amar a Dios y salvar nuestra alma!, o sea, la de acertar a escoger el camino de la eterna salvación y los medios de conseguirla. El conocimiento que aprendamos sobre cómo lograr la salvación es, sin duda, el más necesario de todos. Si supiéramos de todo menos sobre cómo salvarnos, de nada nos serviría nuestro saber; seríamos para siempre infelices.

Pero al contrario, seremos eternamente felices si sabemos amar a Dios, aunque ignoremos todas las demás cosas, como decía San Agustín.
Cierto día, fray Gil decía a San Buenaventura: «Tú eres dichoso, Padre Buenaventura, porque sabes tantas cosas. Yo, pobre ignorante, no sé nada. Sin duda podrás llegar a ser más santo que yo.» «No te confundas—respondió el Santo— de que si una pobre vieja ignorante sabe amar a Dios mejor que yo, será más santa que yo.» Al oír esto, exclamó a voces al santo fray Gil: « ¡Oh pobre viejecilla, deberías saber que si amas a Dios puedes ser más santa que el Padre Buenaventura!»

«¡Cuántos analfabetos hay—dice San Agustín—que no saben leer, pero saben amar a Dios y se salvan, y cuántos profesionales con masters y doctorados del mundo se condenan!...». ¡Oh, cuan sabios fueron un San Pascual, un San Félix, capuchinos; un San Juan de Dios, aunque ignorantes de las ciencias humanas! ¡Cuan sabios todos aquellos que, apartándose del mundo, se encerraron en los claustros o vivieron en desiertos, como un San Benito, un San Francisco de Asís, un San Luis de Tolosa, que renunció al trono! ¡Cuan sabios tantos mártires y vírgenes que renunciaron honores, placeres y riquezas por morir por Cristo!...
Incluso la misma gente mundana conoce esta verdad, y alaban y llaman dichoso al que se entrega a Dios y entiende el negocio de la salvación del alma. En resumen: a los que abandonan los bienes del mundo para darse a Dios se les llama hombres desengañados; pues ¿cómo deberemos llamar a los que dejan a Dios por los bienes del mundo?... Hombres engañados.

¡Oh hermano mío! ¿De cuál bando de esos dos quisieras ser tú? Para elegir con acierto nos aconseja San Juan Crisóstomo que visitemos los cementerios. Gran escuela son los sepulcros para conocer la vanidad de los bienes de este mundo y para aprender la ciencia de los Santos. «Dime—dice el Santo—: ¿solo viendo los esqueletos sabrías distinguir al que fue abogado, profesor universitario, del que fue campesino o pordiosero?« «Yo lo único que veo—añade—, es podredumbre, huesos y gusanos.» Es cosa de este mundo la clase alta y la clase baja. Y todas las clases del mundo pasarán muy pronto, desaparecerán como los cuentos, sueños y sombras.

Pero si tú, cristiano, quieres adquirir la verdadera sabiduría, no basta que conozcas la importancia del objetivo de tu vida, sino que es preciso usar de todos los medios a tu alcance para conseguirlo. Todos querrían salvarse y santificarse, pero como no emplean los medios convenientes, no se santifican, y se condenan. Por eso es fundamental huir de las ocasiones de pecar, frecuentar los sacramentos, hacer oración y, sobre todo, grabar en el corazón estas y otras partes del Evangelio: «¿Qué obtiene el hombre si ganara todo el mundo?» (Mt., 16, 26). «Quien ama desordenadamente, perderá su alma» (Jn., 12, 25).
O sea, conviene hasta perder la vida, si fuera necesario, para salvar el alma. «Si alguno quiere venir detrás de Mí, niéguese a sí mismo» (Mt., 16, 24). Para seguir a Cristo es necesario entregarse por entero a El, y no hacer caso a nuestros deseos personales. Nuestra salvación se funda en el cumplimiento de la divina voluntad.

ORACIÓN

¡Oh Padre de misericordia! Mira mi gran miseria y compadécete de mí. Ilumíname, Señor; haz que conozca mi pasada locura para que la llore y aprecie y ame tu bondad infinita.
¡Oh Jesús mío, que diste tu Sangre para redimirme, no permitas que yo vuelva a ser, como he sido, esclavo del mundo! (Sal., 73, 19). Me arrepiento, ¡oh Sumo Bien!, de haberte abandonado. Maldigo todos los momentos en que mi voluntad consintió en el pecado, y hoy abrazo tu voluntad santísima, que sólo me desea el bien.
Concédeme, Eterno Padre, por los méritos de Jesucristo, fuerza para cumplir y hacer todo lo que te agrade, y haz que muera antes que me oponga a tu voluntad. Ayúdame con tu gracia a tener todo mi amor enfocado completamente en Ti, y a no aferrarme a nada que sea material o de este mundo, solo deseo aferrarme a tu Amor.
Te amo, ¡oh Dios de mi alma!, te amo sobre todas las cosas, y de Ti espero todos los bienes: el perdón, la perseverancia en tu amor y la gloria para amarte eternamente...
¡Oh María, pide para mí estas gracias! Nada te niega tu divino Hijo. Esperanza mía, confío en Ti.

 

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