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Abuso de la divina misericordia

 

¿No sabes que Dios es benigno y te convida a penitencia?
Ro., 2, 4.

PUNTO 1
Refiérase en la parábola de la cizaña que, habiendo crecido en un campo esa mala hierba mezclada con el buen grano, querían los criados ir a arrancarla. Pero el amo les replicó: «Déjenla crecer: después la arrancaremos para echarla al fuego» (Mi., 13, 29, 30). Se infiere de esta parábola, por una parte, la paciencia de Dios para con los pecadores, y por otra, su rigor con los porfiados.
Dice San Agustín que el enemigo engaña de dos maneras a los hombres: «Con desesperación y con esperanza.» Cuando el pecador ha pecado ya, le mueve a desesperarse por el temor de la divina justicia; pero antes de pecar le anima a que caiga en tentación por la esperanza de la divina misericordia. Por eso el Santo nos amonesta diciendo que debe ser al revés: «Después del pecado ten esperanza en la misericordia; antes del pecado teme la justicia divina.» Y así es, en efecto. Porque no merece la misericordia de Dios el que se sirve de ella para ofenderle. La misercordia se usa con quien teme a Dios, no con quien la utiliza para no temerle. El que ofende a la justicia—dice el Abulense—, puede acudir a la misericordia; pero el que ofende a la misericordia, ¿a quién acudirá?
Difícilmente se hallará un pecador tan desesperado que quiera expresamente condenarse. Los pecadores quieren pecar, pero sin perder la esperanza de salvación. Pecan, y dicen: Dios es la bondad misma; aunque peque ahora, yo me confesaré más adelante, le pediré perdón y el Señor me lo concederá. Así piensan los pecadores, dice San Agustín. Pero, ¡oh Dios mío!, así pensaron muchos que ya están condenados porque nunca se arrepintieron con el corazón.
«No digas—exclama el Señor—la misericordia de Dios es grande: mis innumerables pecados, con un acto de contrición me serán perdonados» (Ecl., 5, 6). No hables así—nos dice el Señor—. ¿Y por qué? «Porque su ira está tan pronta como su misericordia; y su ira mira a los pecadores» (Ecl., 5, 7).
La misericordia de Dios es infinita; pero los sufrimientos y el dolor que por ellos causo a Dios no son infinitos. Dios es clemente, pero también justo. «Soy justo y misericordioso;—dijo el Señor a Santa Brígida—, y sin embargo los pecadores sólo creen en mi misericordia y no en mi justicia.» «Los pecadores—escribe San Basilio—no quieren ver más que la mitad.» «Bueno es el Señor; pero, además, es justo. No debemos considerar únicamente una mitad de Dios.»
Sufrir por esas personas que se sirven de la bondad de Dios para más ofenderle—decía el Santo Avila—, sería injusticia más que misericordia. La clemencia fue ofrecida al que teme a Dios, no a quien abusa de ella. A los porfiados los amansa la justicia, porque, como dice San Agustín, la verdad de Dios resplandece aún en sus amenazas.
«Cuidate—dice San Juan Crisóstomo—cuando el demonio (no Dios) te promete la misericordia divina con el fin de que peques.» «¡Ay de aquel—añade San Agustintín—que para pecar cuenta con la esperanza!...(Sal. 144). ¡A cuántos ha engañado y perdido esa ilusión!. ¡Desdichado del que abusa de la piedad de Dios para ofenderle más!... Lucifer—como afirma San Bernardo— fué castigado por Dios con una rapidez asombrosa, porque al rebelarse esperaba que no recibiría castigo.
El rey Manases pecó; luego se convirtió, y Dios le perdonó. Pero para Amón, su hijo, que, viendo cuan fácil había conseguido el perdón su padre, llevó mala vida con esperanza de ser también perdonado, no hubo misericordia. Por esa causa—dice San Juan Crisóstomo—se condenó Judas, porque se atrevió a pecar confiado en la benignidad de Jesucristo.
En suma: si Dios espera con paciencia, no espera siempre. Pues si el Señor siempre nos tolerase, nadie se condenaría; pero la opinión más común es que la mayor parte de los cristianos adultos se condena. «Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por él» (Mt., 7, 13).
Quien ofende a Dios, fiado en la esperanza de ser perdonado, «se burla de Dios en vez de ser un penitente»—dice San Agustín—. Por otra parte, nos afirma San Pablo que «Dios no puede ser burlado» (Ga., 6, 7). No se puede ir a la gloria después de burlarse de Dios y ofenderle siempre que quisiéramos. Quien siembra pecados no puede esperar otra cosa que el eterno castigo del infierno (Gal., 6, 8).
La red con que el demonio arrastra a casi todos los cristianos que se condenan es, sin duda, ese engaño con que los seduce diciéndoles: Peca libremente, que a pesar de todo ello te vas a salvar. Pero el Señor maldice al que peca esperando perdón.
La esperanza después del pecado, cuando el pecador de veras se arrepiente, es grata a Dios; pero la esperanza de los porfiados le es abominable (Jb., 11, 20). Una esperanza semejante tiene aquel pecador que recibe en esta vida el castigo de Dios, así como sentiría el siervo que ofendiese a su señor, precisamente porque éste es bondadoso y amable es que lo castiga.

ORACIÓN

¡Ah Dios mío! ¡Mira cómo soy uno de los que te han ofendido porque eras bueno con ellos!... ¡ Oh Señor!, espérame un poco más. No me abandones todavía, que yo espero, con el auxilio de tu gracia, no provocarte más a que me dejes.
Me arrepiento, ¡oh Bondad infinita!, de haberte ofendido y de haber abusado tanto de tu paciencia. Te doy gracias porque hasta ahora me has tolerado; y de hoy en adelante no volveré a ser, como he sido, un miserable traidor. Te amo sobre todas las cosas; aprecio tu gracia más que a todos los reinos del mundo, y antes que perderla preferiría perder mil veces la vida.
Dios mío, por amor de Jesucristo, concédeme, con tu santo amor, el don de la perseverancia hasta la muerte. No permitas que de nuevo te haga traición ni deje de amarte.
Y Tú, Virgen Marta, en quien espero siempre, ayúdame a obtener la perseverancia final, y nada más pido.



PUNTO 2Vivir
Dirá, quizá, alguno: «Puesto que Dios ha tenido tanta clemencia conmigo en el pasado, espero que la tendrá también en el futuro.» Pero yo respondo: «Y por haber sido Dios tan misericordioso contigo, ¿quieres volver a ofenderle?» «¿De ese modo—dice San Pablo—desprecias la bondad y paciencia de Dios? ¿Ignoras que si el Señor ha sufrido hasta ahora por ti no ha sido para que sigas ofendiéndole, sino para que sientas dolor del mal que hiciste?» (Ro., 2, 4). Y aún cuando tú, fiado en la divina misericordia, no temas abusar de ella, el Señor te la quitará. «Si ustedes no se convierten, tensará su arco y lo preparará (Sal. 7, 13). Mía es la venganza, y Yo les daré el pago a su tiempo (Dt., 32, 35). Dios espera con paciencia; pero cuando llega la hora de la justicia, no espera más y castiga.
Aguarda Dios al pecador a fin de que se enmiende (Is., 30, 18); pero al ver que el tiempo concedido para llorar los pecados sólo sirve para que los acreciente, se vale de ese mismo tiempo para ejercitar la justicia (Lm., 1, 15). De manera que el tiempo concedido por misericordia para arrepentirse, será en parte utilizado para que el castigo sea más riguroso y el abandono más inmediato. «Hemos entregado medicinas a Babilonia y no ha sanado. Abandonémosla» (Jer., 51, 9).

¿Y cómo nos abandona Dios? Ya sea le envía la muerte al pecador, que así muere sin arrepentirse, o bien le quita las gracias abundantes que le había regalado anteriormente (fe, esperanza, caridad) y no le deja más que la gracia mínima, con la cual, si bien podría el pecador salvarse, no se salvará. Porfiada la mente, endurecido el corazón, dominado por malos hábitos, la salvación será moralmente imposible; y así seguirá viviendo esta personalmente, moralmente abandonado de Dios. «Le quitará su cerca, y será talada...» (Is., 5, 5).

¡Oh, qué castigo! Triste señal es si el dueño de una viña rompe el cercado y deja que en la viña entren los que quisieran, hombres y ganados: es una prueba de que la abandona.
Así, Dios, cuando deja abandonada un alma, le quita el cerco del temor, de los remordimientos de conciencia, la deja sumida en tinieblas, y luego penetran en ella todos los monstruos del vicio (Sal. 103, 20). Y el pecador, abandonado en esa oscuridad, lo desprecia todo: desprecia la gracia divina, desprecia la gloria de Dios, desprecia los avisos de Dios, desprecia los consejos de los amigos, y desprecia la excomunión recibida de la Iglesia; y finalmente se burlará de su propia condenación tratándola como algo sin importancia (Pr., 18, 3).

Le dejará Dios en esta vida sin castigarle, y en esto consistirá su mayor castigo. «Apiadémonos del pecador...; no aprenderá (jamás) justicia» (Is. 26, 10). Refiriéndose a ese pasaje, dice San Bernardo: «No quiero esa misericordia, más terrible que cualquier ira».

Terrible castigo es que Dios deje al pecador en sus pecados y, al parecer, no le pida cuenta de ellos (Sal. 10, 4). Se diría que no se indigna contra él (Ez., 16, 42) y que le permite alcanzar cuanto de este mundo desea (Sal. 80, 13).

¡Desdichados los pecadores que prosperan en la vida mortal! ¡Señal es de que Dios espera a ejercitar en ellos su justicia en la vida eterna! Pregunta Jeremías (Jer., 12, 1): «¿Por qué el camino de los pecadores va en prosperidad?» Y responde en seguida (Jer., 12, 3): «Congrégalos como el rebaño para el matadero.»
No hay, pues, mayor castigo que el de que Dios permita al pecador añadir pecados a pecados, según lo que dice David (Sal. 68, 28-29): «Ponles maldad sobre maldad. .. Borrados sean del libro de los vivos»; acerca de lo cual dice San Belarmino: «No hay castigo tan grande como que el pecado sea pena del pecado.» Mejor hubiera sido para esta persona infeliz que cuando cometió el primer pecado el Señor le hubiera hecho morir; porque atrasando su muerte para después, padecerá tantos infiernos como pecados hubiera cometido.


ORACIÓN

Bien veo, Dios mío, que en este miserable estado he merecido que me privases de tus luces y gracias. Pero por la inspiración que me das, y oyendo que me llamas a penitencia, reconozco que todavía no me has abandonado. Y puesto que todavía me cuidas, acrecienta, Señor mío, tu piedad en mi alma, aumenta tu divina luz y el deseo de amarte y servirte.
Transfórmame, ¡oh Dios mío!, y de traidor y rebelde que fui, hazme un fervoroso amante de tu bondad, a fin de que llegue para mí el venturoso día en que
vaya al Cielo para alabar eternamente tus misericordias. Tú, Señor, quieres perdonarme, y yo sólo deseo que me otorgues tu perdón y tu amor. 

Me duele, ¡oh Bondad infinita!, el haberte ofendido tanto.
Te amo, ¡oh Sumo Bien!, porque así lo mandas y porque eres digno de todo el amor que pueda dar. Haz, pues, Redentor mío, que te ame este pecador tan amado tuyo, y que con tal paciencia haz esperado. Todo lo espero de tu piedad inefable. Confío en que te amaré siempre de aquí en adelante, hasta la muerte y por toda la eternidad (Sal. 83, 3), y que tu clemencia, Jesús mío, será objeto perdurable de mis alabanzas.
Siempre también alabaré, ¡oh María!, tu misericordia, por las gracias innumerables que me has alcanzado. A tu intercesión las debo. Sigue, Señora mía, ayudándome y alcánzame la santa perseverancia.



PUNTO 3
En la Vida del Padre Luis de Lanuza se cuenta la siguiente historia. Cierto día dos amigos estaban paseando juntos en Palermo, y uno de ellos, llamado César, que era actor de teatro, notando que el otro se mostraba demasiado pensativo, le dijo: «Apostaría a que has ido a confesarte, y por eso estás tan preocupado... Yo no quiero hacer caso a esas cosas... Un día yo me fui a confesar y me dijo el Padre Lanuza que Dios me daba doce años de vida y que si en ese plazo no me enmendaba tendría mala suerte en mi muerte. Desde entonces he viajado por muchas partes del mundo; he padecido varias enfermedades, y en una de ellas estuve a punto de morir... Pero en este mes, cuando van a terminar los famosos doce años, me hallo mejor que nunca...». Y luego invitó a su amigo a que fuera, el sábado que venía, a ver el estreno de una obra que el mismo César había compuesto... Y en aquel sábado, que fue el 24 de noviembre, cuando César se disponía a salir a escena, le dió de improviso una congestión y murió repentinamente en brazos de una actriz. Así acabó la obra.

Pues bien, hermano mío; cuando la tentación del enemigo te mueva a pecar otra vez, si quieres condenarte puedes libremente cometer el pecado; pero no digas que deseas tu salvación. Mientras quieras pecar, date por condenado, e imagina que Dios decreta su sentencia, diciendo: «¿Qué más puedo hacer por ti, ingrato, de lo que ya hice?» (Is,, 5. 4). Y ya que quieres condenarte, condénate, pues... tuya es la culpa.
Preguntarás, acaso, que en ¿dónde está ese modo de misericordia de Dios?... ¡Ah, desdichado! ¿No te parece misericordia que Dios ya haya sufrido tanto tiempo con tantos pecados? Debieras hecharte en el piso ante Él y con el rostro en tierra debieras estar dándole gracias y diciendo: «Misericordia del Señor es que no hayamos sido consumidos» (Lm., 3, 22).

Al cometer un solo pecado mortal incurriste en delito mayor que si hubieras pisoteado al soberano más importante del mundo. Y tantos pecados has cometido que si esas ofensas de Dios las hubieses hecho contra un hermano tuyo, tú hermano ya hace mucho te hubiera abandonado... Pero Dios no sólo te ha esperado, sino que te ha llamado muchas veces y te ha ofrecido el perdón. ¿Qué más debía hacer? (Is., 5, 4).
Si Dios tuviese necesidad de ti, o si le hubieses honrado con grandes servicios, ¿podría haberse mostrado más clemente contigo? Así, pues, si de nuevo volvieras a ofenderle, harías que su divina misericordia se convirtiera en indignación y castigo.
Si aquella higuera hallada sin frutos por su dueño no los hubiera dado tampoco después del año de plazo concedido para cultivarla, ¿quién osaría esperar que se le diera más tiempo y no fuera cortada? Escucha, pues, lo que dice San Agustín: «¡Oh árbol sin frutos!, postergaron el golpe de la hoz. ¡Pero no te creas seguro, porque serás cortado! Fue aplazada la pena—expresa el Santo—, pero no suprimida. Si abusas más de la divina misericordia, el castigo te alcanzará: serás cortado.»

¿Esperas a que el mismo Dios te envíe al infierno? Pues si te envía, ya lo sabes, jamás habrá remedio para ti. El Señor suele callar, pero no por siempre. Cuando llega la hora de la justicia, rompe el silencio. Esto hiciste y callé. Injustamente creíste que sería tal como tú. Te daré razones y te pondré ante tu propio rostro (Sal. 49, 21). Te pondrá ante los ojos los actos de misericordia divina, y hará que ellos mismos te juzguen y condenen.

ORACIÓN

¡Ah Dios mío! Desventurado de mí si, después de haber recibido la luz que ahora me das, volviera a ser infiel traicionándote. Esas luces, señales son de que deseas perdonarme. Me arrepiento, ¡oh Sumo Bien!, de todas las ofensas que hice a tu infinita bondad. Por tu preciosa Sangre espero obtener el perdón. Pero si de nuevo me apartara de Ti, reconozco que merecería un infierno creado especialmente para mí.
Tiemblo, Dios de mi alma, por la posibilidad de volver a perder tu gracia. Porque muchas veces he prometido serte fiel, y luego nuevamente me he rebelado contra Ti... No lo permitas, Señor; no me abandones en esa inmensa desgracia de verme otra vez convertido en un enemigo tuyo. Dame otro castigo; pero ése, no. «No permitas que me aparte de Ti.»
Si ves que estoy a punto de ofenderte, haz que antes pierda la vida. Acepto la muerte más dolorosa antes que llorar la desdicha de verme privado de tu gracia. No permitas me separe de Ti. Lo repito, Dios mío, y haz que lo repita siempre: «No permitas que me separe de Ti. Te amo, amado Redentor mío, y no quiero separarme de Ti.» Concédeme, por los merecimientos de tu muerte, un amor tan fervoroso que contigo me una estrechamente y jamás pueda alejarme de Ti.
¡Oh Virgen María!, con tu intercesión ayúdame a alcanzar la santa perseverancia y el amor a Cristo Jesús.

 

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