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Malicia del pecado

 

Hijos crié y engrandecí; pero ellos me despreciaron.
Is., 1. 4.

PUNTO 1
¿Qué hace quien comete un pecado mortal?... Injuria a Dios, le deshonra y, más aún, llena a su Padre de amargura.
Primero, el pecado mortal es una ofensa grave que se hace a Dios. La malicia de una ofensa, como dice Santo Tomás, se aprecia prestando atención a la persona que la recibe y a la persona que la hace.
Una ofensa hecha a otra persona es, sin duda, un mal; pero es delito mayor si esa otra persona tiene un cargo de alta dignidad como podría ser un juez, un policía, un médico, y muchísimo más grave si es un rey, un principe, o un presidente... ¿Y quién es Dios? Es el Rey de los reyes (Ap., 17, 14). Dios es la Majestad infinita, respecto de la cual todos los príncipes de la tierra y todos los Santos y ángeles del Cielo son menores que un grano de arena (Is., 40, 15). Ante la grandeza de Dios, todas las criaturas son como si no fuesen (Is., 40, 17). Eso es Dios...
Y el hombre, ¿qué es?... Responde San Bernardo: Saco de gusanos, manjar de gusanos, que muy pronto nos devorarán. El hombre es un miserable, que nada puede; un ciego, que no sabe ver nada; pobre y desnudo, que nada tiene (Ap., 3, 17). ¿Y este mísero gusanillo se atreve a injuriar a Dios?—dice el mismo San Bernardo—. Con razón, entonces, afirma el Angélico Doctor que el pecado del hombre contiene una malicia casi infinita.
Por eso, San Agustín llama al pecado un mal infinito. Si todos los hombres y todos los ángles se ofrecieran a morir, y aún a aniquilarse y dejar de existir, no podrían satisfacer el perdón de Dios de un solo pecado. Dios castiga el pecado mortal con las penas terribles del infierno; pero, así y todo, ese castigo es, como dicen todos los teólogos, menor que la pena con que tal pecado debiera castigarse.
Y, en verdad, ¿qué pena bastará para castigar como merece a un gusano que se rebela contra su Señor? Sólo Dios es Señor de todo, porque es Creador de todas las cosas (Es., 13, 9). Por eso, todas las criaturas le obedecen. «Le obedecen incluso los vientos y los mares» (Mt., 8, 27). El fuego, el granizo, la nieve y el hielo... ejecutan sus órdenes (Sal. 148, 8). Pero el hombre, al pecar, ¿qué hace sino decir a Dios: Señor, no quiero servirte?

El Señor le dice: «No te vengues», y el hombre responde: «Quiero vengarme.» «No tomes los bienes del prójimo», y el hombre sigue deseando apoderarse de ellos. «Abstente del placer impuro», y el hombre no se decide aún a privarse de él. El pecador dice a Dios lo que decía el impío Faraón cuando Moisés le dijo la orden divina de que diese libertad al pueblo de Israel... Aquel Faraón temerario respondió: ¿Quién es el Señor para que yo obedezca su voz?... «No conozco al Señor» (Ex., 5, 2). Pues lo mismo dice el pecador: Señor, no te conozco; por eso quiero hacer lo que me plazca.

En suma: ante Dios mismo le pierde el respeto y se aparta de Él, que esto es propiamente el pecado mortal: la acción con que el hombre se aleja de Dios. De esto se lamenta el Señor, diciendo: Ingrato fuiste, «tú me has abandonado»; Yo jamás me hubiera apartado de ti; «tú te has vuelto atrás».

Dios declaró que aborrecía el pecado; de manera que no puede menos que aborrecer al que lo comete (Sb., 14, 9). Y el hombre, al pecar, se atreve a declararse enemigo de Dios y a combatir frente a frente contra Él. Pues ¿qué dirías si vieses a una hormiga que quisiera pelear con un soldado?...

Dios es aquel omnipotente Señor que con sólo desearlo creó de la nada el Cielo y la tierra (2 Mac., 7, 28). Y si quisiera, con solo una señal suya, podría aniquilarlo todo. Y el pecador, cuando consiente en el pecado, levanta la mano contra Dios, y «con cuello erguido», es decir, con soberbia, corre a ofender a Dios; se arma de gruesa cerviz (Jb., 15, 25) (término que simboliza ignorancia), y exclama: «¿Qué tan malo es el pecado que hice?... Dios es bueno y perdona a los pecadores...» ¡Qué injuria!, ¡qué temeridad!, ¡qué ceguedad tan grande!

ORACIÓN

¡Aquí estoy, Dios mío! A tus pies está el rebelde temerario que tantas veces en tu presencia se atrevió a perderte el respeto y a huir de Ti; pero ahora imploro tu piedad. Tú, Señor, dijiste: Clama a Mí y te oiré. Reconozco que el infierno es poco castigo para mí; pero sabes, Señor, que tengo mayor dolor de haberte ofendido, ¡oh Bondad infinita!, que si hubiese perdido todos mis bienes y aún la misma vida.
Perdóname, Señor, y no permitas que vuelva a ofenderte. Me has esperado, a fin de que te ame y que bendiga para siempre tu misericordia. Yo te amo y bendigo, y espero que por los merecimientos de mi Señor Jesucristo jamás abandonaré tu amor. Este amor tuyo me libró del infierno. El me librará del pecado en lo que me queda de vida en esta tierra.
Mil gracias te doy porque ahora entiendo esta verdad y por el deseo que me das de amarte siempre. Toma, pues, posesión de todo mi ser, alma, cuerpo, pertenencias, sentidos, voluntad y libertad. Tuyo soy, sálvame (Sal., 118, 94). Tú, que eres el único bien, el único amable, Tú eres mi amor. Dame una fé viva para amarte, porque ya te ofendí demasiado, y no me puede bastar el amor barato y vulgar, sino que deseo amarte mucho para reparar las ofensas que te hice. De Ti y con tu ayuda, que eres omnipotente, espero lograrlo...
También, ¡oh María!, lo espero de tus oraciones, que son omnipotentes para con Dios.



PUNTO 2Vivir
El pecador no sólo ofende a Dios, sino que le deshonra (Ro., 2, 23). Porque, renunciando a la divina gracia por un miserable placer, menosprecia y hiere la amistad de Dios. Si el hombre perdiese esta soberana amistad por ganar un reino, y aún por todo el mundo, haría, sin embargo, un inmenso mal, pues la amistad de Dios vale más que el mundo y que mil mundos.
Pero ¿por qué se ofende a Dios? (Sal., 10, 13). Por un puñado de tierra, por un ataque de ira, por un brutal placer, por humo, por capricho (Ez., 13, 19). Apenas el pecador comienza a deliberar consigo mismo si hará o no el pecado, entonces, por decirlo así, toma en sus manos la balanza y se pone a considerar qué cosa pesa más, si la gracia de Dios de permanecer sin pecado, o la ira de Dios, el humo, el placer... Y cuando luego da el consentimiento al pecado, declara que para él vale más aquel humo o aquel placer que la divina amistad de Dios. Fíjate, pues, como Dios queda menospreciado por su hijo pecador.
David, considerando la grandeza y majestad de Dios, exclamaba (Sal. 34, 10): «Señor, ¿quién es semejante a Ti?» Pero Dios, al contrario, viéndose comparado por los pecadores a una satisfacción ligera y temporal, les dice (Is., 40, 25): «¿A quién me asemejas e igualas?» «¿De manera que—exclama el Señor—aquel placer vale más que mi gracia?»
No habrías pecado si al pecar debieras haber perdido una mano. No pecarías si por cada pecado tuvieras que pagar el sueldo de un mes. Y un mes es menos, mucho menos que la eternidad. De modo, dice Salviano, que Dios es tan malo a tus ojos, que merece le produzcas un ataque de cólera, a cambio de un mísero
deleite.

Además, cuando el pecador, por disfrutar cualquier placer suyo, ofende a Dios, hace que tal placer se convierta en su dios, porque en aquél placer pone el objeto de su vida. Así, dice San Jerónimo: «Lo que alguien desea, si lo venera es para él un dios».
Todo vicio en el corazón, es un ídolo en el altar. Por lo mismo, dice Santo Tomás: «Si amas los deleites, éstos son tu dios.» Y San Cipriano: «Todo cuanto el hombre antepone a Dios lo convierte en su dios.»
Cuando Jeroboán se rebeló contra el Señor, procuró llevar consigo el pueblo a la idolatría, y le presentó sus ídolos, diciendo (1 R., 12, 28): «Aquí tienes, Israel, a tus dioses.» Así procede el demonio: ofrece al pecador los placeres, y le dice: «¿Qué quieres hacer de Dios?... Ve aquí al tuyo; esta pasión, este deleite. Acéptalo y abandona a Dios.» Y si el pecador consiente, eso mismo hace: adora en su corazón el placer como a dios. « Vicio en el corazón, es ídolo en altar.»

¡Y si a lo menos los pecadores no deshonrasen a Dios en presencia de Él mismo!... Pero no; le injurian y deshonran cara a cara, porque Dios está presente en todo lugar (Ser., 23, 24). El pecador lo sabe. ¡Y con todo, se atreve a provocar al Señor en la misma presencia divina! (Is., 65, 3).

ORACIÓN

Tú eres, pues, Señor, el Bien infinito, y te he cambiado muchas veces por un vil deleite, que desaparece apenas gozado. Pero Tú, aunque tanto te desprecié, me ofreces ahora el perdón, si quiero aceptarlo, y prometes recibirme en tu gracia si me arrepiento de haberte ofendido. Sí, Señor mío, me arrepiento con todo mi corazón de tantas ofensas y aborrezco mis pecados más que cualquier mal que me pueda pasar. Ahora vuelvo a Ti, y espero que me recibirás y abrazarás como a un hijo. Mil gracias te doy, ¡oh infinita Bondad!
Ayúdame, Señor, y no permitas que te aleje nuevamente de mí. No dejará el infierno de ofrecernos tentaciones; pero Tú eres más poderoso que él. Y bien sé que no me apartaré jamás de Ti si a Ti siempre me encomiendo.
Esa es la gracia que te pido: que siempre me encomiende a Ti y te ruegue como ahora, diciendo: Señor, ayúdame, dame luz, fuerza, perseverancia... Dame la gloria y, sobre todo, concédeme tu amor, que es la verdadera gloria del alma. Te amo, Bondad infinita, y quiero amarte siempre. Oyeme, por el amor de Cristo Jesús...
¡Oh María, refugio de los pecadores, socorre a un pecador que quiere amar a Dios!



PUNTO 3
El pecador injuria, deshonra a Dios y, además, por su parte, llena a Dios de amargura, pues no hay amargura más dolorosa que la de verse pagado con ingratitud por una persona amada y favorecida en extremo. ¿Y por qué se atreve el pecador?... Ofende a un Dios que le creó y le amó tanto, que dio por su amor la Sangre y la vida. Y el hombre le arroja de su corazón al cometer un pecado mortal. Dios habita en el alma que le ama. «Si alguno me ama..., mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn., 14, 23).
Pon atención en la expresión haremos morada. Dios viene a esa alma y en ella fija su mansión: de suerte que no la deja, a no ser que el alma le arroje de sí. «No abandona si no es abandonado», como dice el Concilio de Trento. Y puesto que Tú sabes, Señor, que aquel ingrato ha de arrojarte de sí, ¿por qué no le dejas desde el principio? Abandónalo, déjalo antes de que él te haga esa gran ofensa... No, dice el Señor; no quiero dejarlo, sino esperar a que él mismo me despida.
De manera que, apenas el alma consiente en el pecado, dice a su Dios (Jb., 21, 14): Señor, apártate de mí. No lo dice con palabras, sino con hechos, como advierte San Gregorio. El pecador sabe que Dios no puede vivir con el pecado. Bien sabe que si peca Dios tiene que apartarse de él. De modo que, en rigor, le dice: Ya que no puedes estar con mi pecado y tienes que alejarte de mí, vete cuando te plazca.
Y al despedir a Dios del alma hace que en seguida entre el enemigo a tomar posesión de ella. Por la misma puerta por donde sale Dios entra el demonio. «Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entran dentro y moran allí» (Mt., 12, 45).
Cuando se bautiza a un niño, el sacerdote exorciza al enemigo diciéndole: «Sal de aquí, espíritu inmundo, y da lugar al Espíritu Santo»; porque aquella alma del bautizado, al recibir la gracia, se convierte en templo de Dios (1 Co., 3, 16). Pero cuando el hombre consiente en pecar, efectúa precisamente lo contrario, diciendo a Dios, que estaba en su alma: «Sal de aquí, Señor, y da lugar al demonio.»
De esto se lamentaba el Señor con Santa Brígida cuando le dijo que, al despedirle el pecador, procedía como si quitase al rey su propio trono: «Soy como un Rey arrojado de su propio reino; y en mi lugar se elige a un pésimo ladrón.»
¿Qué pena no sentirías si recibieras una ofensa grave de alguien a quien le haces muchos favores? Pues esa misma pena causas a Dios, que llegó hasta dar su vida por salvarte. Clama el Señor a la tierra y al Cielo para que le compadezcan por la ingratitud con que le tratan los pecadores: «Escucha, ¡oh Cielos!, y tú, ¡oh tierra!, escucha. .. Hijos creé y engrandecí. ., pero ellos me despreciaron» (Is., 1, 2). En suma, los pecadores afligen con sus pecados al Corazón del Señor... (Is., 63, 10).
Dios no puede sentir dolor; pero—como dice el Padre Medina;—si fuese posible que lo sintiera, sólo un pecado mortal bastaría para hacerlo morir, por la infinita pesadumbre que le causaría. Así, pues, afirma San Bernardo, «el pecado, por cuanto en sí es, da muerte a Dios».
De manera que los pecadores, al cometer un pecado mortal, hieren, por decirlo así, a su Señor, y nada omiten para quitarle la vida, si pudieran. Y según dice San Pablo (He., 10, 29), pisotean al Hijo de Dios, y desprecian todo lo que Jesucristo hizo y padeció para quitar el pecado del mundo.

ORACIÓN

¿Redentor mío, ahora entiendo que cada vez que pequé te arrojé de mi alma y puse por obra todo lo que bastara para darte muerte si pudieras morir? Oigo, Señor, que me dices: «¿Qué te hice o en qué te lastimé, para que tanto dolor me hayas causado?...» ¿Me preguntas, Señor, qué mal me has hecho?... Me diste el ser, y has muerto por mí: ¡tal es el mal que hiciste!... ¿Qué he de responderte?... Te digo, Señor, que merezco mil veces el infierno, y que muy justamente pudieras mandarme a él.
Pero acuérdate de aquel amor que te hizo morir por mí en la cruz; acuérdate de la Sangre que por mi amor derramaste, y ten compasión de mi... Pero ya entiendo, Señor: no quieres que desespere, y me dices que estás a la puerta de mi corazón (de este corazón que te arrojó de sí) y que llamas con tus inspiraciones para entrar en él, pidiéndome que te abra... (Ap., 3, 20; Cant., 5,2),
Sí, Jesús mío; yo me aparto del pecado; estoy lleno de dolor por haberte ofendido y te amo más que a todas las cosas. Entra, amor mío; abierta tienes la puerta; entra, y no te apartes jamás de mí. Abrásame con tu amor, y no permitas que de Ti vuelva a separarme... No, Dios mío, nunca volvamos a separarnos. Te abrazo y estrecho a mi corazón... Dame Tú la santa perseverancia... .
¡María, Madre mía, socórreme siempre, ruega por mi a Jesús y ayúdame a que jamás pierda yo su santa gracia!

 

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