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Mi Muerte

Mi Muerte

Incertidumbre de la hora de la muerte

 

Estén prevenidos, porque a la hora que menos piensas vendrá el Hijo del Hombre.
Lc., 12, 40.

PUNTO 1
Es cierto que todos hemos de morir, mas no sabemos cuándo. Nada hay más cierto que la muerte—dice el idiota—, pero nada más incierto que la hora de la muerte. Determinados están, hermano mío, el año, el mes, el día, la hora y el momento en que tendrás que dejar este mundo y entrar en la eternidad; pero nosotros lo ignoramos.

Nuestro Señor Jesucristo, con el fin de que estemos siempre bien preparados, nos dice que la muerte vendrá como ladrón oculto en la noche (1 Ts., 5, 2). Otras veces nos anima a que estemos vigilantes, porque cuando menos lo pensemos vendrá Él mismo a juzgarnos (Lc., 12,40).

Decía San Gregorio que Dios nos oculta para nuestro bien la hora de la muerte, con objeto de que estemos siempre preparados para morir. Y puesto que la muerte puede llegar en cualquier momento y en cualquier lugar, es importante—dice San Bernardo—que si queremos morir bien y salvarnos, estemos esperándola en todo lugar y en todo momento.

Nadie ignora que va a morir; pero el mal está en que muchos miran la muerte tan a lo lejos, que la pierden de vista. Hasta los ancianos más decrépitos y las personas más enfermizas se forman la ilusión de que todavía han de vivir tres o cuatro años. Yo, al contrario, digo que debemos considerar cuántas muertes repentinas vemos todos los días. Unos mueren caminando, otros sentándose, otros durmiendo en su cama.

Y seguramente ninguna de estas personas creía que iba a morir tan de improviso, en aquel día en que murió. Afirmo, además, que de cuantos en este año murieron en su cama, y no de repente, ninguno se figuraba que acabaría su vida dentro del año. Pocas muertes hay que no sean improvisas.

Así, pues, cristianos, cuando el demonio te provoca a pecar con el pretexto de que mañana te confesarás, dile: ¿Qué sé yo si hoy será el último día de mi vida?... Si esa hora, si ese momento en que me apartase de Dios fuese el último para mí, y ya no hubiese tiempo de remediarlo, ¿qué será de mí en la eternidad?

¿A cuántos pobres pecadores no ha sucedido que al recrearse con envenenados manjares los ha pillado la muerte y enviado al infierno? Como los peces en el anzuelo, así serán cogidos los hombres en el tiempo malo (Ecl., 9, 12). El tiempo malo es propiamente aquel en que el pecador está ofendiendo a Dios. Y si el demonio te dice que tal desgracia no te va a suceder, respóndele tú: «Y si me sucede, ¿qué será de mí por toda la eternidad ?»

ORACIÓN


Señor, el lugar en que yo debía estar ahora no es en éste que me hallo, sino en el infierno, tantas veces merecido por mis pecados. Pero San Pedro me adviene que Dios espera con paciencia por amor a nosotros, no queriendo que perezca ninguno, sino que todos se conviertan a penitencia (2 P., 3, 9).
De suerte que Tú mismo, Señor, has tenido conmigo paciencia extrema y sufres porque no quiers que me pierda, sino que, arrepentido y penitente, me convierta a Ti. Sí, Dios mío, a Ti vuelvo; me arrodillo a tus pies y te pido misericordia.
Para perdonarme, Señor, tu piedad debe ser grande y extraordinaria (Sal. 50, 3), porque te he ofendido a sabiendas. Otros pecadores te han ofendido también, pero no disfrutaban de las luces que me has otorgado. Y con todo eso, todavía me mandas que me arrepienta de mis culpas y espere tu perdón.

Me duele el corazón, amado Redentor mío, me pesa de todo corazón haberte ofendido, y espero que me perdones por los merecimientos de tu Pasión. Tú, Jesús mío, siendo inocente, quisiste, como reo, morir en una cruz y derramar toda tu Sangre para lavar mis culpas. ¡Oh inocente Sangre, lava las culpas de un penitente!

¡Oh Eterno Padre, perdóname por amor a Cristo Jesús ! Atiende sus súplicas ahora que, como abogado mío, te ruega por mí. Pero no me basta el perdón, ¡oh Dios, digno de amor infinito!; deseo además la gracia de amarte. Te amo, ¡oh Soberano Bien!, y te ofrezco para siempre mi cuerpo, mi alma, mi voluntad.

Quiero evitar en lo sucesivo no sólo las faltas graves, sino las más leves, y huir de toda mala ocasión. Líbrame, por amor a Jesús, de cualquier ocasión en que pueda ofenderte. Líbrame del pecado, y castígame luego como quieras.
Acepto cuantas enfermedades, dolores y trabajos te plazca enviarme, con tal que no pierda tu amor y gracia. Y tal como prometiste dar lo que te pida (Jn., 16, 24), yo te demando sólo la perseverancia y tu amor.
¡Oh María, Madre de misericordia, ruega por mi, que confío en Ti!



PUNTO 2Mi Muerte
No quiere el Señor que nos perdamos, y por eso, con la amenaza del castigo, no cesa de advertirnos que cambiemos de vida. Si no te conviertes, vibrará su espada (Sal. 7, 13).
Mira—dice en otra parte—a cuántos desdichados, que no quisieron enmendarse, los sorprendió de improviso la muerte, cuando menos la esperaban, cuando vivían en paz, alegrándose de que aún duraría su vida muchos años más. Se nos dice también: Si no hacen penitencia, todos igualmente perecerán(Lc., 13, 3)
¿Por qué tantos avisos del castigo antes de enviárnoslo, sino porque quiere que nos corrijamos y evitemos la mala muerte?... Quien avisa que nos guardemos, no tiene intención de matamos, dice San Agustín.
Preciso es, pues, preparar nuestras cuentas antes que llegue el día de rendirlas. Si en la noche de hoy debieras morir, y, por tanto, hubiera de quedar en ella sentenciada la causa de tu eterna vida, ¿estarías bien preparado? ¿Qué no darías, quizá, por obtener de Dios un año, un mes, siquiera un día más de permiso?
Pues ¿por qué ahora, ya que Dios te concede tiempo, no arreglas tu conciencia? ¿Acaso no puede ser éste tu último día? No tardes en convertirte al Señor, y no lo dilates de día en día, porque su ira vendrá de improviso, y en el tiempo de la venganza te perderá (Ecl, 5, 8-9).
Para salvarte, hermano mío, debes abandonar el pecado. Y si algún día has de abandonarle, ¿por qué no lo dejas ahora mismo?. ¿Esperas, tal vez, a que se acerque la muerte? Pero este instante no es para los obstinados tiempo de perdón, sino de venganza. En el tiempo de la venganza te perderá.
Si alguien te debe una considerable suma, muy rápido tratas de asegurar el pago, haciendo que el deudor firme un pagaré escrito; porque dices: «¿Quién sabe lo que puede suceder?» ¿Por qué, pues, no usas de tanta precaución tratándose del alma, que vale mucho más que el dinero? ¿Cómo no dices también: «¿Quién sabe lo que puede ocurrir?» Si pierdes aquella suma, no lo pierdes todo; y aún cuando al perderla nada te quedara de tu patrimonio, aún te quedaría la esperanza de recuperarlo otra vez. Pero si al morir perdieras el alma, entonces sí que verdaderamente lo habrás perdido todo, sin esperanza de remedio.
Harto cuidado pones en anotar todos los bienes que posees por temor de que se pierdan si sobreviniere una muerte imprevista. Y si esta repentina muerte te sucede no estando en gracia de Dios, ¿qué será de tu alma en la eternidad? 


ORACIÓN

¡Ah Redentor mío! Has derramado toda tu Sangre, has dado la vida por salvar mi alma, y yo ¡ cuántas veces la he perdido, confiando en tu misericordia !... De suerte que me he valido de tu misma bondad para ofenderte, merezco que me hagas morir y me arrojes al infierno.
Hemos, pues, competido quién de los dos es más porfiado: Tú, a fuerza de piedad; yo, a fuerza de pecados; Tú, viniendo a mí; yo, huyendo de Ti; Tú, dándome tiempo de remediar el mal que hice; yo, valiéndome de ese tiempo para añadir injuria sobre injuria. Dame, Señor, a conocer la gran ofensa que te he hecho y la obligación que tengo de amarte.
¡Ah Jesús mío! ¿Cómo puedes haberme amado tanto, que vienes a buscarme cuando yo te menospreciaba? ¿Cómo diste tantas gracias a quien de tal modo te ofendió?... De todo ello infiero cuánto deseas que no me extravíe y pierda. Me duelo de haber ultrajado tu infinita bondad.
Acoge, pues, a esta ingrata oveja que vuelve a tus pies. Recíbela y ponla en tus hombros para que no huya más. No quiero apartarme de Ti, sino amarte y ser tuyo. Y con tal de serlo, gustoso aceptaré cualquier trabajo. ¿Qué pena mayor pudiera afligirme que la de vivir sin tu gracia, alejado de Ti, que eres mi Dios y Señor, que me creó y después murió por mí? ¡Oh, malditos pecados!, ¿qué han hecho? Por los pecados ofendí a mi Salvador, que tanto me amó...
Así como Tú, Jesús mío, moriste por mí, así debiera yo morir por Ti. Fuiste muerto por amor. Yo debiera serlo por el dolor de haberte herido. Acepto la muerte cómo y cuándo te plazca enviármela. Pero ya que hasta ahora poco o nada te he amado, no quisiera morir así. Dame vida para que te ame antes de morir. Y para eso cambia mi corazón, dame dolores, inflámalo en tu santo amor.
Hazlo así, Señor, por aquella ardiente caridad que te llevó a morir por mí... Te amo con toda mi alma, enamorada de Tí. No permitas que te pierda otra vez... Dame la santa perseverancia... Dame tu amor...

¡María Santísima, Madre y refugio mío, sé mi abogada e intercesora!



PUNTO 3
No dice el Señor que nos preparemos cuando llegue la muerte, sino que estemos preparados. En el momento de morir, en medio de aquella tempestad y confusión es casi imposible ordenar una conciencia enredada. Así nos lo muestra la razón. Y así nos lo advirtió Dios, diciendo que no vendrá entonces a perdonar, sino a vengar el desprecio que hubiéremos hecho de su gracia (Ro., 12. 19).
Justo castigo—dice San Agustín—será el que no pueda salvarse cuando quisiere quien cuando pudo no quiso.
Quizá diga alguno: ¿Quién sabe? Tal vez podrá ser que entonces me convierta y me salve... Pero ¿te arrojarías a un pozo diciendo: ¿Quién sabe?, ¿puede ser que me arroje aquí, y que, sin embargo, quede vivo y no muera?... ¡Oh Dos mío!, ¿qué es esto? ¡Cómo nos ciega el pecado y nos hace perder hasta la razón! Los hombres, cuando se trata del cuerpo, hablan como sabios y como locos si del alma se trata.
¡ Oh hermano mío! ¿Quién sabe si este último punto que lees será el último aviso que Dios te envía? Preparémonos sin demora para la muerte, a fin de que no nos halle inadvertidos.
San Agustín (Hom., 13) dice que el Señor nos oculta la última hora de la vida con objeto de que todos los días estemos dispuestos a morir. San Pablo nos avisa (Fil. 2, 12) que debemos procurar la salvación no sólo temiendo, sino temblando.
Refiere San Antonino que cierto rey de Sicilia, para manifestar a un abogado el gran temor con que se sentaba en el trono, le hizo sentar a la mesa bajo una espada qué pendía de un hilo finísimo sobre la cabeza, de manera que el convidado, viéndose de tal modo, apenas pudo tomar un poco de alimento. Pues todos estamos en igual peligro, ya que en cualquier instante puede caer en nosotros la espada de la muerte, resolviendo el negocio de la eterna salvación.
Se trata de la eternidad. Si el árbol cayera hacia el Septentrión o hada el Mediodía, en cualquier lugar en que cayere, allí quedará (Ecl., 11, 3). Si al llegar la muerte, nos halla en gracia, ¿qué alegría no sentirá el alma, viendo que todo lo tiene seguro, que no puede ya perder a Dios, y que por siempre será feliz?...
Pero si la muerte sorprende el ánima en pecado, ¡ qué desesperación tendrá el pecador, al decir: En error caí (Sb., 5, 6), y mi engaño eternamente quedará sin remedio!
Por ese temor decía el Santo P. M. Avila, apóstol de España, cuando se le anunció que iba a morir: ¡Oh, si tuviera un poco más de tiempo para prepararme a la muerte! Por eso mismo, el abad Agatón, aunque murió después de haber hecho penitencia muchos años, decía: ¿Qué será de mí? ¿Quién sabe los juicios de Dios?
También San Arsenio tiembla en la hora de su muerte; y como sus discípulos le preguntaron por qué temía tanto: Hijos míos—les respondió—«Este temor no es nuevo en mí; lo tuve siempre durante toda mi vida. Y aún más temblaba el santo Job, diciendo: ¿Qué haré cuando Dios se levante para juzgarme, y qué le responderé cuando me interrogue?


ORACIÓN

¡Oh Dios mío! ¿Quién me ha amado más que Tú? ¿Y quién te ha despreciado y ofendido más que yo? ¡ Oh Sangre, oh llagas de Cristo, mi esperanza eres!
Eterno Padre, no mires mis pecados. Mira las llagas de Cristo Jesús; mira a tu Hijo muy amado, que muere por mí de dolor y te pide que me perdones.
Haberte injuriado, Creador mío, me duele más que todo el mal que he causado. Me creaste para que te amara, y he vivido como si hubiese sido creado para ofenderte. Por amor a Jesucristo, perdóname y otórgame la gracia de amarte. Si antes resistí a tu santa voluntad, ahora no quiero nunca más resistir, sino hacer cuanto me ordenes. Y así mándame que me resuelva a no ofenderte, hoy mismo hago el firme propósito de perder mil veces la vida antes que tu gracia.
Me mandas que te ame con todo mi corazón; así pues con todo mi corazón te amo, y a nadie quiero amar, sino a Tí. Desde hoy eres el único amado de mi alma, mi único amor. Te pido el don de la perseverancia y de Tí lo espero. Por el amor a Jesús, haz que yo sea siempre fiel, y pueda decir con San Buenaventura: Uno solo es mi Amado; uno sólo es mi amor. No, no quiero que me sirva la vida para ofenderte, sino para llorar las ofensas que te hice y para amarte mucho.
¡Oh María. Madre mía, que ruegas por cuantos a Ti se encomiendan, ruega también a Jesús por mí!

 

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Mi Muerte Retrato de un Hombre que acaba de Morir
Mi Muerte Todo acaba con la muerte
Mi Muerte Brevedad de la vida
Mi Muerte Certidumbre de la muerte
Mi Muerte Incertidumbre de la hora de la muerte
Mi Muerte Muerte del pecador