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Mi Muerte

Mi Muerte

Certidumbre de la muerte

 

Establecido está a los hombrea que mueran sólo una vez.
HE. 9, 27.

PUNTO 1
Escrita está la sentencia de muerte para todo humano. El hombre tiene que morir. Decía San Agustín (In Salm. 12): Sólo la muerte es segura; los demás bienes y males nuestros, son inciertos.

No se puede saber si aquel niño que acaba de nacer será rico o pobre, si tendrá buena o mala salud, si morirá joven o viejo. Todo ello es incierto, pero es indudable que algún día va a morir. Magnates y reyes serán también segados por la hoz de la muerte, a cuyo poder no hay fuerza que resista. Es posible resistir al fuego, al agua, al hierro, a la potestad de los príncipes, pero no a la muerte.

Refiere Vicente de Beauvais que un rey de Francia, viéndose en el término de su vida, exclamó: Con todo mi poder no puedo conseguir que la muerte me espere una hora más. Cuando ese trance llega, ni por un momento podemos demorarle.

Aunque vivieras, amigo mío, cuantos años desearas, va a llegar el día, y en ese día una hora, que será la última para ti. Tanto para mí, que esto escribo, como para ti, que lo lees, está decretado el día y punto en que ni yo podré escribir ni tú leer más. ¿Quién es el hombre que vivirá y no verá la muerte? (Sal. 88, 49). Ya está dictada la sentencia. No ha habido hombre tan tonto que se haya forjado la ilusión de que no ha de morir.

Lo que sucedió a tus antepasados te sucederá también a ti. Cuantas personas vivían en tu país al comenzar el siglo pasado, y de ellas ni una sola queda con vida.

También los príncipes y monarcas dejaron este mundo. No queda más de ellos que el sepulcro de mármol y una inscripción pomposa, que hoy nos sirve de enseñanza, patentizándonos que de los grandes del mundo sólo resta un poco de polvo detrás de aquellas losas...

Pregunta San Bernardo: Dime, ¿dónde están los amadores del mundo? Y responde: Nada de ellos queda, sino cenizas y gusanos.

Por lo tanto es importante que procuremos, no la fortuna que muere, sino la que no tiene fin, porque inmortales son nuestras alma. ¿De qué te servirá ser feliz en la tierra—aunque no puede haber verdadera felicidad en un alma que vive alejada de Dios—, si después tienes que ser desdichado eternamente?... Ya vives en la casa que te gusta. Piensa que pronto tendrás que dejarla para pudrirte en la tumba. Has alcanzado tal vez honores que te distinguen sobre los demás hombres. Pero llegará la muerte y te igualará con los más pobres y tontos del mundo.

ORACIÓN


¡Infeliz de mi!, que durante tantos años sólo he pensado en ofenderte, ¡oh Dios de mi alma !... Pasaron ya esos años; tal vez mi muerte ya está cerca, y no hallo en mí más que remordimiento y dolor. ¡Ah Señor, si te hubiera servido siempre !...
¡Cuan loco fui !... En tantos años que he vivido, en vez de ganarme méritos para la otra vida, ¡ me he llenado de deudas para con la divina justicia!...

Amado Redentor mío, dame luz y ánimo para ordenar mi conciencia ahora. Quizá no esté la muerte lejos de mí, y quiero prepararme para aquel momento decisivo de mi felicidad o mi desdicha eterna.

Mil gracias te doy por haberme esperado hasta ahora. Y ya que me has dado tiempo de remediar el mal cometido, aquí estoy, Dios mío; dime lo que deseas que haga por Tí. ¿Quieres que me duela de las ofensas que te hice?... Me arrepiento de ellas y las detesto con toda el alma... ¿Quieres que me ocupe en amarte estos años o días que me restan? Así lo haré, Señor. ¡Oh Dios mío! También más de una vez formé en el pasado esas mismas resoluciones, y mis promesas se olvidaron y en cambio hice otros tantos actos de traición. No, Jesús mío; no quiero ya mostrarme ingrato a tantas gracias como me has dado. Si ahora, al menos, no cambio de vida, ¿cómo podré en la muerte esperar perdón y alcanzar la gloria? Resuelvo, pues, firmemente dedicarme de veras a servirte desde ahora.

Y Tú, Señor, ayúdame, no me abandones. Ya que no me abandonaste cuando tanto te ofendía, espero con mayor motivo tu socorro ahora que me propongo abandonarlo todo para servirte. Permite que te ame, ¡oh Dios, digno de infinito amor! Admite al traidor que, arrepentido, se postra a tus pies y te pide misericordia.
Te amo, Jesús mío, con todo mi corazón y más que a mi mismo. Tuyo soy; dispone de mí y de todas mis cosas como te plazca. Concédeme la perseverancia en obedecerte; concédeme tu amor, y haz de mí lo que te agrade.

María, Madre, refugio y esperanza mía, a Ti me encomiendo; te entrego mi alma; ruega a Dios por mí.



PUNTO 2Mi Muerte
Es cierto, pues, que todos estamos condenados a muerte. Todos nacemos, dice San Cipriano, con la cuerda al cuello; y cada paso que damos, nos acerca otro poco a la muerte...

Hermano mío, así como estás inscrito en el libro del bautismo, así algún día te inscribirán en el libro de los difuntos. Así como a veces mencionas a tus antepasados, diciendo: Mi padre, mi hermano, que en Paz Descanse, lo mismo dirán de ti tus descendientes.

Tal y como tú has oído muchas veces que las campanas de la iglesia tocando por la muerte de otros, así los demás oirán algún día que tocan por ti.

¿Qué dirías de un condenado a muerte que fuese al patíbulo burlándose, riéndose, mirando a todos lados, pensando en teatros, festines y diversiones? .. Y tú, ¿no caminas también hacia la muerte? ¿Y en qué piensas? Contempla en aquellas tumbas a tus parientes y amigos, cuya sentencia ya fue ejecutada...

¡Qué terror no siente el reo condenado cuando ve a sus compañeros del patíbulo muertos ya! Mira a esos cadáveres; cada uno de ellos dice: Ayer me tocó a mí, hoy te toca a ti. Lo mismo repiten todos los días los retratos de los que fueron tus parientes, los libros, las casas, las camas, las ropas que has heredado.

¡Qué extremada locura es no pensar en ajustar las cuentas del alma y no disponer los medios necesarios para alcanzar buena muerte, sabiendo que hemos de morir, que después de la muerte nos está reservada una eternidad de gozo o de tormento, y que de ese punto depende el ser para siempre dichosos o infelices!...

Sentimos compasión por los que mueren de repente en un accidente, sin estar preparados para morir, y, aún así, no tratamos de prepararnos, a pesar de que lo mismo puede sucedernos.
Tarde o temprano, dándonos cuenta o de improviso, pensando o no en ello, hemos de morir; y a toda hora y en cada instante nos acercamos a nuestro patíbulo, o sea a la última enfermedad que nos ha de arrojar fuera de este mundo.

Gentes nuevas pueblan, en cada siglo, casas, plazas y ciudades. Los antepasados están en la tumba. Y así como se acabaron para ellos tos días de la vida, así vendrá un tiempo en que ni tú, ni yo, ni persona alguna de los que vivimos ahora viviremos en este mundo. Todos estaremos en la eternidad, que será para nosotros, o perdurable día de gozo, o noche eterna de dolor. No hay término medio. Es cierto y de fe que, al fin, nos ha de tocar uno u otro destino.


ORACIÓN

¡Oh mi amado Redentor! No me atrevería a presentarme ante Tí si no te viera en la cruz desgarrado, torturado y muerto por mí. Es grande mi ingratitud, pero aún es más grande tu misericordia. Grandísimos mis pecados, pero todavía son mayores tus méritos. En tus llagas, en tu muerte, pongo mi esperanza.
Merecí el infierno apenas hube cometido mi primer pecado. Y después he vuelto a ofenderte mil y mil veces. Y Tú, no sólo me has conservado la vida, sino que, con suma piedad y amor, me has ofrecido el perdón y la paz.

¿Cómo voy a temer que me alejes de tu presencia ahora que te amo y que no deseo sino tu gracia?... Sí; te amo de todo corazón, ¡oh Señor mío!, y mi único deseo se resume en amarte. Te adoro y me pesa haberte ofendido, no tanto por el infierno que merecí, como por haberte despreciado a Tí, Dios mío, que tanto me amas... Abre, pues, Jesús mío, el tesoro de tu bondad, y añade misericordia a misericordia.

Hace que yo no vuelva a ser ingrato, y cambia del todo mi corazón, de suerte que sea enteramente tuyo, e inflamado siempre por las llamas de tu caridad, ya que antes menospreció tu amor y lo cambió por los viles placeres del mundo.

Espero alcanzar la gloria, para siempre amarte; y aunque allí no podré estar entre las almas inocentes, me pondré al lado de las que hicieron penitencia, deseando, de todo corazón, amarte más todavía que ellos. Para gloria de tu misericordia, vea el Cielo cómo arde en tu amor un pecador que tanto te ha ofendido. Resuelvo entregarme a Tí de hoy en adelante, y pensar en nada más que en amarte. Ayúdame con tu luz y gracia para cumplir este mi deseo, dado también por tu misma bondad...

¡ Oh María, Madre de perseverancia, ayúdame que sea fiel a mi promesa!



PUNTO 3
La muerte es segura. ¿Cómo entonces, tantos cristianos, ¡oh Dios!, que lo saben, lo creen, lo ven, pueden vivir tan olvidados de la muerte como si nunca tuviesen que morir? Si después de esta vida no hubiera ni gloria ni infierno, ¿se podría pensar en ello menos de lo que ahora se piensa? De ahí procede la mala vida que llevan.

Si quieres, hermano mío, vivir bien, procura en el resto de tus días vivir con el pensamiento de la muerte... ¡Oh, cuan acertadamente juzga las cosas y dirige sus acciones quien juzga y se guía por la idea de que ha de morir! (Ecl., 41, 3).
El recuerdo de la muerte, dice San Lorenzo Justiniano, hace perder el afecto a todas las cosas terrenas. Todos los bienes del mundo se reducen a placeres sensuales, riquezas y honras (1 Jn., 2, 16). Pero el que considera que en breve se reducirá a polvo y será, bajo tierra, pasto de gusanos, desprecia todos esos bienes.

Y en verdad, los Santos, pensando en la muerte, despreciaron los bienes terrenales. Por eso, San Carlos Borromeo tenía siempre en su mesa un cráneo humano para contemplarle a menudo.

El Cardenal Baronio llevaba en el anillo, grabadas, estas palabras: Acuérdate de que vas a morir. El venerable Pedro Ancina, Obispo de Saluzo, había escrito en un cráneo: Fui lo que eres: soy como serás.
Un santo ermitaño a quien preguntaron en la hora de la muerte por qué mostraba tanta alegría, respondió: Tan a menudo he tenido fijos los ojos en la muerte, que ahora, cuando se aproxima, no me sorprende.

¿Qué locura no sería la de un viajero que tratase de ostentar grandezas y lujo en sus viajes mientras en su casa, donde debe vivir todos los días, es pobre? ¿Y no será un demente el que procura ser feliz en este mundo, donde ha de estar pocos días, y se expone a ser desgraciado en el otro, donde vivirá eternamente?

Quien tiene una cosa prestada, poco afecto suele poner en ella, porque sabe que muy pronto tiene que devolverla. Los bienes de la tierra son prestados, y es de tontos amarlos, puesto que pronto los hemos de dejar.

La muerte nos quita todo. Y todas nuestras propiedades y riquezas acaban con el último suspiro, con el funeral, con el viaje al sepulcro. Pronto cederás a otros la casa que compraste, y la tumba será hogar de tu cuerpo hasta el día del juicio, en el cual pasará al cielo o al infierno, donde ya el alma le habrá precedido.


ORACIÓN


¿Todo se va a terminar para mí en la hora de la muerte? Nada me quedará, ¡oh Dios mío!, más que lo poco que haya hecho por tu amor... ¿Qué es lo que espero?... ¿A que la muerte venga y me halle tan mísero y cargado de culpas como estoy ahora? Si en este instante muriese, moriría con angustia, con inquietud y con descontento de mi vida pasada...
No, Jesús mío, no quiero morir así. Yo te agradezco el haberme dado tiempo para amarte y llorar mis faltas. Desde ahora mismo deseo comenzar. Me pesa de todo corazón el haberte ofendido y te amo sobre todas las cosas, ¡oh Sumo Bien!, más que a mi propia vida.
Me entrego del todo a Tí, Jesús mío; te abrazo y uno a mi corazón, y desde ahora te encomiendo mi alma (Sal. 30, 6). No quiero esperar para dárte mi alma a que se le ordene salir de este mundo. Ni quiero esperar para cuando me llames. ¡Oh Jesús, sé mi Salvador!
¡Sálvame ahora, perdonándome y dándome la gracia de tu santo amor! ¿Quién sabe si esta meditación que hoy he leído pueda ser el último aviso que me das y la última de tus misericordias para conmigo?
Dame tu mano, Amor mío, y sácame del barro de mi tibieza. Dame un fervor eficaz y amorosa obediencia a cuanto quieras de mí.
¡Oh Eterno Padre!, por amor de Jesucristo, concédeme la santa perseverancia y el don de amarte..., de amarte mucho en la vida que me queda...
¡Oh María, Madre de misericordia!, por el amor que tuviste a tu hijo Jesús, alcánzame esas dos gracias de perseverancia y amor.

 

  Mi Muerte
Mi Muerte Retrato de un Hombre que acaba de Morir
Mi Muerte Todo acaba con la muerte
Mi Muerte Brevedad de la vida
Mi Muerte Certidumbre de la muerte
Mi Muerte Incertidumbre de la hora de la muerte
Mi Muerte Muerte del pecador